OMPRESS-MADRID (20-09-19) Una mesa redonda reunía ayer a tres obispos misioneros que, con su testimonio, conmovieron a los asistentes al Congreso Nacional de Misiones que está teniendo lugar en Madrid, organizado por las Obras Misionales Pontificias. Comenzó hablando de la vida y la fe del pueblo de Esmeraldas, Ecuador, el que es el obispo de este Vicariato Apostólico, Mons. Eugenio Arellano. Esmeraldas es una zona costera fronteriza con Colombia y habitada por afroecuatorianos descendientes de los africanos traídos como esclavos. Una zona única en Ecuador, “donde los pobres son descuidados por todos los gobiernos de turno, por negros y por pobres; y todo ello a pesar de las muchas posibilidades de turismo, agropecuarias… pero nadie invierte”. El esmeraldeño “casi siempre tiene el rostro iluminado por la sonrisa, no porque sean superficiales o inconscientes. Después de 43 años lo sé, es un grito de fe, porque hay un Dios que tarde o temprano les va a tender la mano. Dios está por ellos, por los pobres, y ellos lo saben sin leer libros, sin hacer cursos de teología. Dios al que sufre no lo deja”. Son acogedores y queredores, pero “esta realidad tan bella a veces está distorsionada, porque maldita pobreza cuando se vuelve miseria. No tiene nada de bienaventurada”. Es la miseria que hace que alguien muere prematuramente o que un niño tenga un desarrollo anormal: “cuando la pobreza es grande deshumaniza”, decía Mons. Arellano. Después, por la cercanía con Colombia, “nuestras costas interiores están llenas de narcotraficantes con toda la violencia que eso genera y todo el poder de corrupción que tiene. Cuando uno es pobre es débil. La violencia es una amenaza que se cierne sobre el pueblo”.

Recordaba que en la Iglesia en Esmeraldas “creemos mucho en el poder de la educación”, de ahí que en los centros de educación del vicariato tengan nada menos que 70.000 alumnos, un tercio de toda la población educativa. Aunque las grandes comunidades cuentan con iglesia, religiosas e incluso un colegio, a las pequeñas “se las atiende por visita, algunos una vez al mes, una vez a la semana. La meta en la pastoral es que independientemente de las visitas haya una vida religiosa activa por eso el trabajo más importante la formación de guías, los catequistas, los rezanderos – los que echan los rezos a los muertos”.

A pesar de todos los esfuerzos de la Iglesia, se quejaba el obispo misionero, “¡qué difícil lo tienen los pobres! Miles de veces me he quejado ante el gobierno de que no hay espacio para el pobre”, incluso aunque tenga una formación modélica. Por eso, “como Iglesia tenemos que ser más claros, no tan mansos un poco más agresivos”.

Mons. Juan José Aguirre, obispo de Bangassou, lleva en la República Centroafricana, 39 años, 21 de ellos como obispo. Recordaba cuando jovencito y recién llegado, después de la primera misa en la misión, un hermano misionero comboniano le dijo que se pusiera fuera porque “el pueblo te quiere bendecir”, y tuvo que poner las manos en cuenco, y 300, 400 personas le escupían en ellas perlitas de saliva… y después el árbol los leprosos. “Con el mismo cariño que has tocado la eucaristía y me dio un empujón aquel hermano, así tienes que besarlos y tocarlos a ellos”, recuerda. “Aquel fue mi segundo bautismo, el del espíritu”.

Su zona es de alto riesgo, y aunque la cosa ha mejorado sigue estando en guerra. Los últimos años, terribles, han hecho menguar a la Iglesia, con solo 25 curas. La mitad de las 11 parroquias han sido destruidas y saqueadas. El 11 de marzo de 2013 llegaron los seleka musulmanes destruyendo todo. Lo que entonces comenzó ha quedado en que hoy quedan 14 señores de la guerra, que se han dividido el país y saquean las riquezas minerales.

La reacción contra los seleka fueron los antibalaka, que empezaron a matar musulmanes. Todos los musulmanes de Bangassou, 2.000 personas la mayoría se encerraron en una mezquita para no ser asesinados. Fue hace tres años, él como obispo y sus curas vestidos con albas blancas rodearon la mezquita para hacer, durante tres días, de escudos humanos. Aún así mataron a 30 personas. Después los trasladaron a donde están ahora, en el seminario menor. “Son nuestros huéspedes”, porque dada la situación “el tipo de pastoral que tenemos es el apostolado de la misericordia: hemos trabajado por limpiar el odio, el rencor, la venganza para hacer aparecer el perdón, que es un don de Dios”. Con 650.000 refugiados en otros países y medio millón de desplazados internos, y tanta violencia y dolor, Mons. Aguirre decía: “No quiero mostraros cosas desagradables de mi pueblo”. Tenemos esperanza, añadía, y hablaba de los 8.000 alumnos, musulmanes también, que conviven en los colegios creando una especie de microclima, una especie de modelo que podrían adoptar los adultos. También en Bangassou se han sumado al Mes Misionero Extraordinario que allí será un “año extraordinario”, hasta el próximo 26 de octubre de 2020.

Mons. Miguel Ángel Sebastián, obispo de Sarh en Chad, llegó al país en 1977 y fue consagrado obispo en 1999. El país con el más del doble del tamaño de España, vivió una guerra civil de 30 años y es la última iglesia fundada en el continente, hace 90 años. Hay casi 700.000 refugiados de los países del entorno, 60.000 en su diócesis. Algo que se suma al empobrecimiento por los egoísmos de unos y otros, y las multinacionales. La población rural lo pasa muy mal.

La Iglesia en el Chad es una iglesia joven porque son los jóvenes los que forman parte de esta iglesia sacerdotes y religiosas y religiosos, los jóvenes llenan las iglesias, más bien los espacios de delante de las iglesias, porque estas son pequeñas. Las tres prioridades en su diócesis son el ejercicio de la caridad, que implica el compromiso por la justicia y la paz, “porque hay tantas situaciones de injusticia. Monseñor, ya no podemos más, me dicen, estamos desanimados, los jóvenes se están escapando, se van a sudan a buscar oro como antes a Centroáfrica para buscar diamantes”. La segunda prioridad es la promoción humana o desarrollo integral, en la que el papel principal lo ostenta la caritas diocesana para responder a las necesidades más urgentes, las hambrunas, las inundaciones, y nuestro compromiso por la salud y la educación, hospitales, colegios escuelas, porque el estado no se ocupa prácticamente de las zonas rurales”. Finalmente, explicaba, la otra gran prioridad es la promoción de las vocaciones, porque es constante la petición de sacerdotes, religiosas y religiosos.