El Vicariato de Puyo se encuentra en la zona occidental de la región amazónica del Ecuador. Un sacerdote de este vicariato agradece el apoyo de la campaña de Vocaciones Nativas a su vocación. Mauricio Espinosa nació en una familia normal, que iba a misa solo en las grandes fiestas, con indiferencia religiosa en general. Su madre le llevó a catequesis, y allí él vio cómo servían los monaguillos, y quiso ser uno de ellos. A la luz de la liturgia, descubrió que él quería ser sacerdote, y hacer posible la celebración del misterio de Dios en medio de su pueblo. Gracias a las ayudas de Obras Misionales Pontificias, ha podido estudiar Teología y ordenarse sacerdote, y en la actualidad sirve al vicariato de Puyo de muchas maneras, especialmente en este tiempo de pandemia.

P: ¿Cómo nació tu vocación?

Mi vocación nace en el contexto de la liturgia. Me acuerdo que cuando me tocaba ir a misa de las 6 de la mañana solía ver a unos niños que ayudaban al cura. Se lo pedí a mis padres, y me dejaron ser monaguillo en la parroquia. Allí estuve muchos años, y allí escuché el llamado del señor, que me llama para la vida sacerdotal. Es interesante, porque la liturgia que vivíamos era muy sencilla. No había muchos elementos litúrgicos como vemos en las grandes celebraciones. Era una capilla pequeña, un templo sencillo. Sin embargo, siempre estaba llena. En ese contexto Dios me llama, y nace en mí el deseo de ir conociendo más. Vi que el Señor me llamaba a facilitar la celebración de su misterio en medio de su pueblo. Por varias circunstancias, empecé a acompañar al sacerdote a otras parroquias, y conocí otras realidades. Esto configuró mi vocación misionera, uno se da cuenta de que no solo es mi comunidad parroquial la que necesita, sino que hay otras realidades. Voy conociendo otras comunidades, donde el Señor no solo tiene que ser celebrado, sino primero ser anunciado y conocido. La vocación sacerdotal va adquiriendo mayor fuerza.

P: ¿Cuándo diste el paso? ¿Cómo se lo tomó tu familia?

Después de un proceso de discernimiento, al terminar bachillerato decidí entrar en el seminario mayor. Esto provocó mucho rechazo de mi familia, especialmente de mis padres, que no querían oír hablar nada de eso. El resto de mi familia respetaba mi decisión, pero nadie me apoyaba. Con el paso de los años, mis padres han empezado un proceso de conversión bastante fuerte, y pienso que también es fruto de la vocación sacerdotal. Han experimentado un cambio muy profundo. Han vivido situaciones personales difíciles, y las han ido superando gracias al milagro de la fe.

P: ¿De qué forma te ha ayudado Obras Misionales Pontificias?

Obras Misionales Pontificias nos ha apoyado a los seminaristas de nuestro vicariato. Sobre todo con el pago de las matrículas de la universidad, que son bastante caras. Gracias a ello el vicariato tenía suficientes recursos para poder mantener un seminario. Agradezco mucho a Obras Misionales Pontificias y a todos los que han contribuido, porque me han ayudado a tener una buena educación en el ámbito de la doctrina, sobre todo en las cuestiones que incumben más propiamente al ministerio sagrado. También OMP apoya al seminario cuando hay alguna necesidad urgente. Gracias a ellos, pudimos construir una pequeña área de recreación. A la gente le puede parecer que no es importante. Pero para uno que ha vivido ahí, y que ha experimentado lo que es estar allí, pues esas cosas pequeñas son un gran motivo de alegría y de agradecimiento.

P: En el 2015 fuiste ordenado diácono. ¿Dónde hiciste tu primera experiencia pastoral?

Una vez que monseñor Rafael Cob (el obispo del vicariato, misionero español) me ordenó, fui destinado a la zona misionera de Zarayaco. Está en la selva, a más o menos a 1 hora y medio de Puyo en coche, y 3 o 4 horas por el río en canoa. Estuve 9 meses de diaconado allí colaborando, viviendo, encargándome de las comunidades del lugar, haciendo vida de párroco. Los curas subían de vez en cuando, pero yo estaba allí, acompañaba a las comunidades. Después, cuando el 19 marzo 2016 me ordené sacerdote, permanecí dos meses más allí, y me destinaron a otro sitio. Me costó mucho despedirme de la gente. Ahora estoy en Nuestra Señora de Fátima, a 10 minutos de Puyo. Y poco a poco, he ido recibiendo encargos, conforme a las necesidades que han ido surgiendo por la falta de personal. Soy responsable de la pastoral litúrgica, director de la escuela de laicos, maestro de ceremonias de la catedral, y defensor del vínculo en la comisión de nulidades matrimoniales del vicariato. También soy párroco de Jesús Obrero, ya que hay escasez de sacerdotes.

P: ¿Cómo estás viviendo la crisis actual del COVID-19?

Con la situación actual, la Iglesia del vicariato se ha esforzado en acompañar al pueblo, para que la gente sepa que la Iglesia está pendiente de ellos. Aunque los pastores hemos tenido que cerrar los templos, no hemos abandonado a la gente. Por eso, se retransmiten las misas de la Iglesia catedral, y desde las parroquias donde es posible hacerlo. En Semana Santa, los sacerdotes recorrimos la ciudad. La gente ponía sus ramos, y los sacerdotes íbamos bendiciendo. La gente sintió que los sacerdotes estamos presentes, mostrando que Dios no se ha olvidado de su pueblo. Mucha gente lloraba cuando recibía la bendición. Otros que venían en moto o coche, paraban. Nunca antes lo habíamos visto. Hay un deseo de Dios tan grande que la presencia de los sacerdotes fue importante. Por otro lado, el vicariato es consciente de que la situación de confinamiento es bastante fuerte. Hay un número grande de familias que viven al día, que solo cobran el día que trabajan. Por ello, con el confinamiento muchas familias no tienen con qué subsistir. El vicariato se ha movido para comprar alimentos, y hacer bolsas para entregar a las parroquias y que desde allí se distribuya. Nuestro rango de acción no es el que quisiéramos, pero llegamos a los que más sufren. Nosotros compramos la comida, y aquí en casa las religiosas y sacerdotes hacemos nosotros mismos las bolsas, midiendo los alimentos para hacer recursos por familias. Parece algo pequeño, pero nosotros vemos que la gente lo valora. Ellos saben que a Iglesia no es solo el sacerdote que sale a bendecir, si no el padre que sale a cuidar, que ve la realidad que vive la gente y no se queda indiferente. Así, la Iglesia hace presente a Dios también de este modo muy fuertemente.