OMPRESS-TORTOSA (17-10-19) Mons. Enrique Benavent Vidal, obispo de Tortosa, recuerda en una carta, con motivo de la celebración este domingo de la Jornada Mundial de las Misiones, que el “DOMUND debería resaltarse de una manera especial en nuestras parroquias, sobre todo en la celebración de la Eucaristía dominical. Os invito, por tanto, a hacer un esfuerzo para que esta jornada reavive cuatro actitudes en aquellos cristianos que participen en la Eucaristía.

En primer lugar despertemos en ellos un sentimiento de aprecio por las misiones y por quienes las hacen posible: los misioneros y las misioneras. El Papa nos recuerda que una actitud que paraliza la vida de la Iglesia es la autorreferencialidad. En el fondo es una actitud egoísta (primero solucionemos nuestros problemas y después ya nos preocuparemos de los demás). Como nuestros problemas nunca acaban de resolverse plenamente, al final no tenemos tiempo para los otros. Vivir de este modo acaba matando cualquier signo de vida evangélica. Hemos de dar a conocer y provocar la admiración hacia aquellos que, tanto actualmente como en épocas pasadas, han dedicado su vida al anuncio del Evangelio y la han entregado sirviendo a los demás, en unas condiciones de vida que en la mayoría de los casos no son mejores que las nuestras. Su generosidad no debe ser olvidada y hemos de recompensarla con nuestra generosidad económica.

En segundo lugar recordemos que el tesoro más grande que los misioneros y misioneras ofrecen y por el que dan la vida no es otro que Jesucristo. Él es el camino de la Iglesia. Ellos saben que si todos conocen y aman a Jesucristo, nuestro mundo será más digno del ser humano. Anunciar el Evangelio no es lo secundario en la misión, sino lo principal. Dejarlo como tarea accidental, en el fondo supone pensar que el mundo se puede salvar sin Cristo.

Recordemos a los cristianos que todos somos misioneros también en nuestras circunstancias concretas. El lema del mes misionero es Bautizados y enviados. El tesoro de la fe no lo hemos recibido para que nos lo guardemos, sino para que transforme nuestra vida y sea una luz que brille en el mundo. Dios ha pensado una misión para cada uno de nosotros. Nuestro camino de santidad consiste en descubrir qué es lo que Dios nos pide a cada uno. Cualquier vocación que tiene su fundamento en el bautismo y que normalmente se concreta en alguno de los estados de vida posibles para un cristiano (ministerio ordenado, matrimonio, consagración religiosa o secular) es por naturaleza misionera, porque si se vive santamente se convierte en sal de la tierra y luz del mundo.

Y este año pensemos de manera especial que la misión es lo que nos da la clave para afrontar los retos de nuestra Iglesia aquí y ahora. En nuestra sociedad no todos son cristianos. Ello no nos lleva a condenar al mundo, sino a intentar que todos se acerquen al Señor. Cualquier encuentro con personas no creyentes se puede convertir en un acontecimiento misionero si las acogemos con el mismo amor de Cristo”.