Las Obras Misionales Pontificias han hecho llegar ayudas a este pequeño país isleño de África, en el que la pobreza, ya antes de la pandemia, formaba parte de su día a día. El único obispo del país es el misionero claretiano portugués Manuel António Mendes dos Santos. Él mismo solicitaba la ayuda ante la situación dramática en que se encuentra la Iglesia en el país.

Santo Tomé y Príncipe es un país pequeño, formado por dos islas, situado en el Golfo de Guinea. La costa continental de África más cercana es la de Gabón. Su naturaleza tropical, con playas, palmeras y un exuberante verdor, además del mar color turquesa que lo rodea, no puede hacer olvidar que es un país pobre, cuyos principales recursos son el turismo y el cacao para el chocolate que endulza la vida de tantas personas que no sabrían encontrar en un mapa este pequeño país. Tiene una población extremadamente joven, en la que el 70% tiene menos de 30 años.

La diócesis de Santo Tomé y Príncipe está dividida en 14 parroquias, con comunidades dispersas por todo el territorio de las parroquias. Gracias a las parroquias y a las congregaciones religiosas y a la labor de numerosos laicos, la Iglesia es una presencia eficaz entre los más necesitados. Acoge a los niños y a ancianos, ayuda a los jóvenes en su formación, promueve la dignidad de la mujer, educa a niños y jóvenes. Pero, en ocasiones, señalaba Mons. Mendes, la pobreza parece casi insuperable, ya que no vemos la perspectiva de un desarrollo del país que permita una vida digna a la población. Es necesario centrarse en la mejora de la infraestructura, en el suministro de agua potable y energía a la población, en la mejora de las condiciones sanitarias, las escuelas, la formación de docentes, etc…”.

Esta situación es la que se ha encontrado la pandemia. Por eso, la Iglesia en Santo Tomé y Príncipe, ya de por sí parca en recursos, vive ahora aún más carencias. También aquí, como en tantos países, se han tenido que clausurar las iglesias, se prohibieron las celebraciones y las reuniones de personas… Si la vida ya era difícil, el cierre de las iglesias la ha vuelto peor. Las parroquias no tienen con qué afrontar los gastos. Por eso ha sido muy oportuna la ayuda enviada por las Obras Misionales Pontificias, gracias al Fondo de Emergencia creado por el Papa Francisco. Y es que la vida en Santo Tomé y Príncipe es difícil. El obispo de la diócesis cuenta que la pobreza forma parte del día a día de la sociedad: “los ingresos son muy bajos, con una media de 50 dólares al mes, pero la vida es muy cara: un kilo de arroz cuesta 0,90 dólares, Muchas personas vivían directa o indirectamente del turismo. Con el cierre del aeropuerto, de los hoteles y restaurantes, el desempleo se ha disparado, sobre todo entre los jóvenes”. Por eso, pidió a los sacerdotes y comunidades religiosas que evaluaran sus necesidades más apremiantes, previendo una situación que puede que se prolongue durante los próximos cuatro meses. Se ha tenido en cuenta también la generosidad de los feligreses de Santo Tomé y Príncipe que, desde su pobreza, han aportado hasta 3.000 dólares que también ayudarán durante estos tiempos de incertidumbre.