OMPRESS-ROMA (23-10-19) El superior general de los claretianos, los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, el padre Mathew Vattamattam, ha escrito una carta a todos los miembros de esta gran familia espiritual con motivo del próximo jubileo por los 150 años del fallecimiento de su fundador. San Antonio María Claret falleció el 24 de octubre de 1870, tras toda una vida dedicada a la tarea evangelizadora y fundar a los claretianos y a las religiosas de María Inmaculada, de cuya espiritualidad y apostolado nacerían posteriormente el instituto secular Filiación Cordimariana (1943) y el movimiento laical Seglares Claretianos (1979).

“En este mes misionero extraordinario de octubre, entramos en el 150 aniversario de la finalización de la misión del Padre Claret en la tierra”, escribe el padre general de los claretianos. “La inauguración oficial del aniversario de su llamada al cielo está prevista para el 25 de enero en Santiago de Chile junto con todos los Superiores Mayores, y durante la celebración del 150 aniversario de la llegada de los Misioneros Claretianos a la ‘viña joven’ de América. La conclusión del año del Jubileo será en Vic el 24 de octubre de 2020. Con todo, nos ponemos ya en marcha desde este mes misionero especial para preparar un período significativo de internalización del espíritu misionero de nuestro Fundador”.

El padre Vattamattam recuerda a sus hermanos de congregación que “el día 24 de octubre de 1870, a las 8.45 de la mañana, nuestro Fundador fue llamado a su morada celestial. La conmovedora descripción de sus últimos días, y realizada por el padre Jaime Clotet, muestra cuán profunda fue su intimidad con el Señor. Nuestro Fundador, un diseñador naturalmente dotado para ello, nos enseña la belleza de vivir para el Señor y el arte de morir en el Señor. Su objetivo largamente deseado de derramar su sangre por amor de Jesús y de María, y de sellar las verdades del Evangelio con la sangre de sus venas (Aut 577), se realizó de una manera mística en sus últimos días, en el exilio en Fontfroide, en Francia”.

El padre Claret les dejó “dos hermosas joyas que revelan el núcleo de su vida. En este año jubilar, alimentaremos nuestra vida y misión cada día a partir de ellas. Haremos bien en inscribirlas en nuestros corazones para imitar su fidelidad al Señor y tenerlas escritas en nuestras habitaciones como un recordatorio de espejo”.

La primera es la oración apostólica del San Antonio María Claret, la cual declara la misión de su vida: “¡Oh, Dios mío y Padre mío!, haced que os conozca y que os haga conocer; que os ame y os haga amar; que os sirva y os haga servir; que os alabe y os haga alabar de todas las criaturas. Dadme, Padre mío, que todos los pecadores se conviertan, que todos los justos perseveren en gracia y todos consigamos la eterna Gloria. Amén”

La segunda es la definición del misionero, toda una descripción de su propia vida y un programa de santidad: “Un Hijo del Inmaculado Corazón de María es un hombre que arde en caridad y que abrasa por donde pasa. Que desea eficazmente y procura por todos los medios encender a todos los hombres en el fuego del divino amor. Nada le arredra; se goza en las privaciones; aborda los trabajos; abraza los sacrificios; se complace en las calumnias; se alegra en los tormentos y dolores que sufre y se gloría en la cruz de Jesucristo. No piensa sino cómo seguirá e imitará a Cristo en trabajar, en sufrir, en procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas”.

“La vida del Padre Claret”, concluye el religioso, “atestigua que la llama del amor de Dios se extiende donde quiera que vaya un misionero, ya sea a una aldea o en una ciudad, a una isla distante o a un palacio real. Es el fuego, a diferencia de otras pasiones, que sigue ardiendo sin quemarnos”.