OMPRESS-EL SALVADOR (28-05-20) Este sacerdote franciscano italiano fue asesinado por odio a la fe en la localidad salvadoreña de San Juan Nonualco, de la que fue párroco durante 27 años, sin abandonar a sus fieles, sabiendo que sería asesinado. “Morir mártir”, escribió antes de morir, “sería una gracia más que un mérito”. Y añadió: “Desde este momento perdono este momento perdono y le pido al Señor la conversión de los autores de mi muerte”.

El Papa Francisco firmaba ayer el decreto por el que se reconoce el martirio de este misionero, un martirio que corona una vida dedicada a Dios y al anuncio del Evangelio. Cosma Spessotto nació el 28 de enero de 1923 en una familia numerosa en Mansuè, una pequeña ciudad de la provincia italiana de Treviso. Sintió la llamada del Señor en su corazón desde muy joven y a los 12 años ingresó al seminario franciscano. El 27 de junio de 1948 fue ordenado sacerdote en la Basílica de Nuestra Señora de la Salud en Venecia. Expresó a sus superiores el deseo de ser misionero en China, pero la situación política lo impidió así que, en 1950, zarpa del puerto de Génova con destino a El Salvador.

Durante 27 años, hasta su martirio, fue párroco en Nonualco. Al llegar a su misión, un lugar enclavado en las montañas, encontró una pequeña iglesia hecha de ladrillo y paja. Se puso manos a la obra y levantó una nueva iglesia además de fundar la escuela parroquial, para más de mil niños. Organizó cursos de costura para las mujeres de la aldea y, a menudo, visitaba las aldeas alrededor de su parroquia. Repetía a todos que la vocación de cada cristiano era llegar a ser santo. En esos años El Salvador está desgarrándose en una guerra civil. El padre Cosma ayuda a todos sin distinción e independientemente de su afiliación política. Se opone a cualquier intento de explotación. Sus únicas referencias auténticas son el Evangelio y el prójimo que necesita ayuda y recibir la Palabra del Señor. No se pliega ante ninguna presión, lo que conducirá a su asesinato el 14 de junio de 1980, el mismo año del martirio del entonces arzobispo de San Salvador, Monseñor Oscar Romero.

El asesinato del padre Cosma tiene lugar unos minutos antes de la misa. Es un acontecimiento dramático que el misionero franciscano ya había previsto. “Tengo el presentimiento que en cualquier momento personas fanáticas puedan quitarme la vida”. “Que el Señor, en el momento oportuno, me conceda la fuerza de defender los derechos de Dios y de la Iglesia. Morir mártir sería una gracia que no merezco. Lavar con sangre derramada por la causa de Cristo todos los pecados, faltas y debilidades de mi vida pasada sería un regalo gratuito del Señor. Desde este momento, perdono y le pido al Señor la conversión de los autores de mi muerte”.