OMPRESS-FILIPINAS (21-04-20) Desde las calles de Manila, Filipinas, y desde el Cottolengo Filipino, escribe el misionero Julio Cuesta para hablar cómo se vive allí la pandemia.

“Las consecuencias de la pandemia originada por el coronavirus están apenas empezando a manifestarse aquí en Filipinas y creando ya grandes problemas económicos en muchísimas familias. Las familias pobres de Filipinas (un porcentaje muy elevado de su población) no disponen de ahorros para casos de emergencia, viven realmente ‘al día’ y hay poca esperanza de que el Gobierno pueda o vaya a suplir esta falta de recursos de los más pobres… El Gobierno ha establecido un estado rígido de cuarentena, mucha gente se ha quedado sin trabajo (aquí donde rige el principio de ‘día no trabajado es día no pagado’)… Ante esta situación y ante el peligro que se avecina a causa del coronavirus, es lógico pensar que pueden llegar a ser muchas más las víctimas del hambre que las del coronavirus… Existe además una seria dificultad para poder lograr una real cuarentena o aislamiento de las personas debido a la existencia de mucha gente que vive en la calle sin una vivienda en la que poder habitar y al tipo de vivienda de muchísimas familias (en la Gran Manila -16.000.000 de habitantes- se habla de 4.000.000. de personas sin vivienda o en viviendas de ínfima calidad). Pensar que los meses de abril y mayo son los meses de más altas temperaturas y en zonas de especial pobreza, tipo Payatas, la gente vive más en la calle que en casa (¡casas! de dimensiones mínimas y de tejados de chapa o plástico que las convierten en hornos…).

Si aquí en Filipinas las consecuencias de este coronavirus llegan a ser parecidas a las que están dándose en Italia y España, es difícil ahora prever lo que sucederá pero nos podríamos encontrar ante una tragedia de proporciones muy grandes.

Aquí en el ‘Cottolengo Filipino’ de Montalbán, donde estoy ahora (orfanato para 40 niños-abandonados y afectados de múltiples minusvalías), de momento está todo bajo control; la orden de cuarentena establecida por el Gobierno nos ha obligado a observar las máximas precauciones para evitar casos de contagio entre los niños y los trabajadores. Los trabajadores del Cottolengo que han podido prescindir totalmente del contacto directo con sus familias (unos 20) están viviendo como internos en el mismo Cottolengo. Para nosotros el estar aislados del exterior, sin visitas al Centro, supone un serio problema económico porque al no tener ningún tipo de ayuda de parte del Gobierno, dependemos de la ayuda de la gente que nos visita”.