OMPRESS-MAURICIO (14-09-18) La isla Mauricio, en pleno Océano Índico, tiene el tamaño de la isla de Tenerife y todos los años, en los días previos a la noche del 8 al 9 de septiembre, ocurre lo mismo. Miles y miles de habitantes de la isla Mauricio se dirige en peregrinación hacia un pequeño santuario.

Es la “cave du Père Laval”. Allí está enterrado el beato Jacques Désiré Laval, el misionero que fue el apóstol de la isla, beatificado por el Papa Juan Pablo II en 1979. Y llevan 152 años celebrando esta peregrinación, los años que hace que falleció este misionero también normando, como la patrona de las misiones, Santa Teresita de Lisieux. Su tumba se encuentra en Ste-Croix, una población cercana a la capital, Port-Louis, y la población, no importa su religión, suele acercarse a rezar ante su tumba.

La policía tiene que desviar la circulación dado el gran número de peregrinos que se dirigen hacia el santuario. Como decía el comunicado de la policía local, “quien dice peregrinaje, dice también desvíos”, y en él dan información detallada de qué carreteras evitar y cuáles tomar. Y también informan de los “aparcamientos disuasorios”, para quienes prefieran utilizar el transporte público.

Esta peregrinación tiene su reflejo en la que tiene lugar en la tierra de nacimiento del padre Laval, en la diócesis francesa de Évreux, no tan numerosa pero que también une a normandos, originarios de Mauricio, cristianos, musulmanes e hindúes.

El padre Laval, el “apóstol de los negros”, como era conocido, desembarcó en Port-Louis, la capital de la Isla Mauricio, en 1841. Estaba a cargo de la población de color y formó un grupo de antiguos esclavos, que se convirtieron en sus más cercanos colaboradores. Con ellos construyó escuelas y centros de oración por toda la isla. Siempre estaba cerca de los enfermos, y también de quienes estaban en las prisiones.

Quienes han intentado explicar el amor de los habitantes de esta isla del Océano Índico por el padre Laval, consideran que se basa en que curó física y moralmente a todo un pueblo. Así fue en los años de 1854 a 1856 cuando se sucedieron en Mauricio dos epidemias, una de cólera y otra de varicela, y todo el mundo vio cómo el padre Laval se dedicó hasta la extenuación a los enfermos y moribundos.