OMPRESS-MOZAMBIQUE (21-03-19) Raúl Marcos es un sacerdote de Valladolid, misionero en Cuamba, Mozambique, y está viviendo en primera persona la terrible situación de lluvias e inundaciones que está sufriendo esta zona de África. Ha enviado un relato sobre los últimos días de esta catástrofe:

“En Cuamba los días 5 al 9 de marzo no paró de llover, y además de forma muy intensa, provocando el desbordamiento de los dos pequeños ríos de la ciudad. Barrios enteros quedaron anegados, muchas casas cayeron por la fuerza del agua. Hay muchos desplazados. Varias capillas se constituyeron en refugios improvisados donde varias familias acudieron para poder dormir. La ciudad quedó casi incomunicada, pues la salida en dirección Nampula estaba cortada al pasar el agua muy por encima del puente. En la residencia de estudiantes de la diócesis cuyo muro acabábamos de hacer, el agua, que pasaba muy por encima del muro, derribó el mismo en varios sitios. El transporte por tren quedó cortado un par de días, pero enseguida lo pusieron a funcionar para que el transporte de carbón de Moatize al puerto de Nacala no quedase interrumpido (el comercio es lo que más interesa, parece ser, no tanto las personas). La carretera quedó cortada más tiempo: cuando bajó el nivel del agua se pudo al menos pasar, pero las zonas no asfaltadas, que son bastantes km, están en pésimo estado.

Yo salí el día 13 hacia Nampula, desde donde iba a viajar en avión a Beira. Lo peor estaba por llegar. El ciclón arrasó la ciudad de Beira. No sabemos todavía cómo están nuestros hermanos, no hay comunicación telefónica, y suponemos que además están sin energía y sin agua corriente, y no se sabe por cuánto tiempo. Además, es una ciudad bajo el nivel del mar, tras las dunas de la costa, y los diques parece que pueden no resistir por mucho tiempo el agua, lo que podría provocar una catástrofe todavía mayor, como sucedió en Nueva Orleáns. Evidentemente, no pude viajar a Beira, pues cancelaron todos los vuelos. Por carretera no hay acceso a Beira tampoco, pues la única carretera que da entrada a la ciudad costera está cortada.

Los fuertes vientos que soplaron en el centro del país hicieron volar muchos tejados, derribaron el tendido eléctrico, arrancaron árboles grandes, que ahora flotan a la deriva chocando como arietes contra todo lo que encuentran o ayudando a acumular miles de kg de materiales que provocan tapones que son un peligro. En medio de las inundaciones, y con la falta de medios y agua potable, ahora una de las grandes amenazas es la expansión de epidemias de cólera, malaria, y otras enfermedades, con el riesgo añadido de la dificultad de atender a los enfermos o de evacuarlos en medio de estas circunstancias.

En la ciudad de Chimoio me dicen que la situación es grave, pero no tan catastrófica como en Beira, y se van rehaciendo poco a poco, en medio de la precariedad de los cortes de luz, agua y cobertura telefónica.

Hablaba con un hermano de Morrumbala (Zambézia) que me decía que estaban aislados, pues todas las carreteras de acceso a Morrumbala estaban cortadas.

La Iglesia, desde las inundaciones previas al ciclón, se organizó para ayudar a las víctimas, muchas personas que lo perdieron todo. En la parroquia de Cuamba los cristianos estaban aportado ropa y comida para los afectados. Y no pocos cristianos abrieron sus casas para acoger a los que quedaron sin amparo.

Estas calamidades naturales se suman a la tragedia que vive la provincia norteña de Cabo Delgado desde hace dos años. Aparecen grupos de desconocidos que entran en las aldeas de la zona central de Cabo Delgado, un área extensa de quizá más de 1.000 Km2, entre Mocímboa da Praia e Macomia, casi llegando a Meluco, y sin mediar palabra comienzan a degollar a todo el que encuentran y a incendiar sus casas. El terror se ha apoderado de la población, que huye abandonándolo todo para salvar sus vidas, porque los ataques no cesan. A día de hoy no hay una explicación de lo que está pasando, y el gobierno dice que la situación está controlada, pero los muertos se suceden y el terror no cesa. Se habla de un grupo islamista, pero muchos hablan también de intereses de explotación de ricos recursos naturales de la zona (petróleo), para lo que interesaría despoblarla para después explotarla.

El pueblo mozambiqueño está sufriendo. La Iglesia sufre con los que sufren, y ella misma también está padeciendo en muchos de sus hijos. Es muy pronto para cuantificar las víctimas, pero las cifras pueden ser altas, y evidentemente, las pérdidas materiales son inmensas, lo que viene a golpear a un país pobre y a una Iglesia pobre. Seguramente muchas capillas de las comunidades cristianas han quedado destruidas, igual que tantas casas.

La periodicidad de estas lluvias intensas, que provocan tantas calamidades, haría aconsejable la construcción de algunas presas, más aún cuando en los meses de noviembre y diciembre suelen existir cortes de suministro de agua porque ya no hay agua para abastecer a la población en muchas localidades. Además, otro problema es la falta de urbanización adecuada, y el hecho de que muchas personas hacen sus casas en lugares que terminan siendo zonas pantanosas en la época de lluvias, o en torrenteras y cauces amplios de ríos. Muchos males se podrían evitar… o tendrían que poderse evitar, si hubiese verdadera voluntad para ello. Por otro lado, también es cierto, evidentemente, que hay situaciones que nunca se pueden prever.

Oramos al Señor clamando misericordia por todas las víctimas y por los que están sufriendo en mayor grado estas calamidades. Viendo las cosas con visión de eternidad, el sufrimiento a veces no es sino un medio para que abramos los ojos a la verdadera realidad. Dios quiera que escuchemos su voz que nos habla por tantos medios y que consigamos responder”.