OMPRESS-HAWÁI (27-06-19) Entre los testigos misioneros propuestos para el Mes Misionero Extraordinario convocado por el Papa Francisco para el próximo octubre destaca el Padre Damián, el apóstol de los leprosos.

José De Veuster, el futuro padre Damián SS. CC., nació en Tremelo, Bélgica, el 3 de enero de 1840, en una gran familia de agricultores y comerciantes. Su hermano mayor entró en la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y María. José lo siguió y, a principios de 1859, comenzó el noviciado en Lovaina en el mismo convento que su hermano. Allí tomó el nombre de Damián. En 1863, su hermano, a punto de partir hacia las islas Hawái, cayó enfermo. Dado que el viaje ya estaba preparado, Damián le pidió permiso al Superior General para ir en su lugar. Lograda la autorización se embarcó para Hawái.

El 19 de marzo de 1864 desembarcó en Honolulu. El 21 de mayo del mismo año fue ordenado sacerdote e inmediatamente se lanzó a la dura vida de un misionero en dos aldeas de la isla de Hawái, la más grande de las islas del archipiélago. En esos años, el gobernador de las Hawái, para frenar la propagación de la lepra, decidió deportar a la cercana isla de Molokái a todos los afectados por la enfermedad, en aquella época aún incurable. El destino de los enfermos preocupaba a toda la misión católica, en especial al obispo, monseñor Louis Maigret SS. CC., que lo habló con sus sacerdotes. Cuatro se ofrecieron voluntarios para turnarse en las visitas y asistencia a los leprosos, dejados solos en su desesperación. Damián es el primero en partir y el 10 de mayo de 1873 llega a Molokái.

Damián concibe su presencia entre los leprosos como la de un padre entre sus hijos, a pesar de saber lo que llevaba aparejado el asistir diariamente a los enfermos. Impulsado por el deseo de aliviar su sufrimiento, Damián se interesa en el progreso de la ciencia. Experimenta nuevos tratamientos sobre sí mismo que también comparte con los enfermos. Día tras día, los cura, envuelve sus horribles heridas, consuela a los moribundos y entierra en el cementerio, al que llamaba “el jardín de los muertos”, a aquellos que terminan su calvario.

Consciente del poderoso impacto de la prensa, alienta a quienes publican libros y artículos sobre los leprosos de Molokái. De ello nace un gran movimiento de solidaridad que permite mejorar aún más la suerte de los enfermos. Su familiaridad con el sufrimiento y la muerte había afinado en el padre Damián el sentido de la vida. La paz y la armonía que habitaban en su alma se difundían en su entorno. Su fe, su optimismo, su disponibilidad tocaban los corazones. Todos se sentían invitados a compartir su alegría de vivir, de superar, en la fe, los límites de la pobreza y la angustia y, al mismo tiempo, los del exilio en que vivían. “El infierno de Molokái”, hecho de egoísmo, desesperación e inmoralidad, se transforma, gracias a Damián, en una comunidad que sorprende al mismo gobierno. Orfanato, iglesia, casas, edificios públicos: todo se hace con la ayuda de los más válidos. Se amplía el hospital, se reparan el puerto y las vías de acceso, mientras se construye una conducción de agua. Damián abre un almacén en el que los enfermos pueden aprovisionarse de forma gratuita y se prodiga en el cultivo de la tierra y de las flores. Incluso organiza una banda musical para animar el tiempo libre de los enfermos.

Así, gracias a su presencia y a su acción, los leprosos abandonados a su destino redescubrieron la alegría de estar juntos. La entrega de uno mismo, la fidelidad, los valores familiares recuperan todo su valor. La vida en común por necesidad u obligación da paso al respeto debido a todos los seres humanos, aunque estén desfigurados por la lepra. Damián les hace descubrir que a los ojos de Dios todo ser humano es infinitamente precioso, porque Dios los ama como un Padre y, en él, todos se reconocen hermanos y hermanas. Infectado también por la lepra, murió el 15 de abril de 1889. Sus restos fueron repatriados en 1936 y depositados en la cripta de la Iglesia de la Congregación de los Sagrados Corazones en Lovaina. Damián es reconocido universalmente por haber elegido libremente compartir la vida con los leprosos confinados en la península de Kalaupapa en Molokái. Su partida hacia la isla “maldita”, el anuncio de su enfermedad en 1885 y el de su muerte impactaron profundamente a sus contemporáneos de todas las confesiones. Juan Pablo II lo beatificó en Bruselas en 1995, y Benedicto XVI lo canonizó en la Plaza de San Pedro el 11 de octubre de 2009.