OMPRESS-ECUADOR (9-03-21) Este jesuita ha dedicado su vida a la misión – aunque dice que la suya es una vocación misionera “tardía” – viviéndola en el departamento ecuatoriano de Amazonas, junto a los indígenas awajún y wampís. Escribe a las Obras Misionales Pontificias contando algunos trazos de lo que ha sido su vida misionera:

“Agradezco a las Obras Misionales Pontificias los innumerables excelentes servicios en favor de las misiones y de las personas de sus misioneros, entre los que me incluyo por mi parte indignamente. Mi vocación de misionero es una vocación ‘tardía’. A los 60 años en noviembre del 1993 llegué por primera vez a la selva peruana de Condorcanqui, en el departamento de Amazonas, frontera del Ecuador, para hacerme cargo de la parroquia de Santa María de Nieva, en el Vicariato San Francisco Javier de Jaén confiado a la Compañía de Jesús.

Mi parroquia abarcaba, dentro de la selva, una extensión equivalente a las provincias españolas de Asturias y Santander, con una primera diferencia, que esta selva no conoce ningún mar ni ninguna carretera fuera de la de acceso. La única comunicación entre las comunidades indígenas es la fluvial: el río Marañón y sus afluentes. El nombre ancestral de esta selva habitada por la etnia de los jíbaros, a la que pertenecen las familias indígenas de los awajún y wampís, con quienes he convivido y compartido sus problemas anunciándoles el Evangelio durante 25 años.

Mi edad es ya respetable y próxima a los noventa años. Ya no me encuentro físicamente en la selva por razones de edad, salud y obediencia, pero mi espíritu y todo mi afecto siguen presentes allá en estos momentos de la terrible pandemia, que tanto nos preocupa a todos y especialmente a los más pobres y desatendidos de la selva. Antes de esta pandemia, el año 2017, tuve un grave problema de salud que decidió mi retirada de la selva y ahora me encuentro en Lima como una especie de jubilado. Aprovechando mi tiempo libre me he decidido a escribir un libro sobre mis experiencias en la selva. Justo cuando había concluido el libro se presentó la covid-19 y todo se detuvo de manera que todavía no se ha presentado el libro, ni está en venta. El libro se titula ‘Cartas desde la selva’ y recoge unas 80 cartas, las primeras que escribí mensualmente a mis amigos y familiares que me pedían información. Me comprometí con ellos a enviarles una carta colectiva mensual. Mientras me lo permita mi salud y edad me he animado a publicar otro libro sobre mi trabajo en la selva”.

Su vida y actividades han estado muy influenciadas en los últimos años en misión, cuenta él mismo, “por por los sucesos que conmovieron al Perú el 5 de junio del 2009: por radio y televisión se oyeron los disparos de armas de guerra contra los manifestantes nativos que participaban en un paro amazónico indefinido y que habían ocupado la carretera Fernando Belaunde Terry en la llamada ‘curva del diablo’.

De pronto llegó a Santa María de Nieva una terrible noticia: ‘¡Han matado a Santiago Manuin!’, me dijo un indígena amigo, miembro del Comité de Lucha que Santiago presidía. Habían decidido reunir a la población y me invitaron a que yo diese la noticia. Nunca me fue más difícil expresarme en público conteniendo mis lágrimas. Santiago no era solo mi amigo y amigo de todos, sino el líder luchador y pacífico por un pueblo que amaba y por quien había dado su vida. Su muerte suponía el derrumbe de un proyecto de construir un mundo sobre la justicia y el respeto a los derechos humanos de todos. Afortunadamente Santiago fue intervenido quirúrgicamente y, aunque ha quedado enfermo de por vida, nos sigue acompañando y representa lo mejor de aquel ‘baguazo’ (así se ha llamado en Perú a estos sucesos en Bagua)”.

A partir de aquel año el misionero jesuita acompañó a los pueblos indígenas, que han sufrido mucho, con muertes, juicios injustos, codenas injustas… A través de su presencia y de las hojas parroquiales, el boletín “Una herida abierta” entre otros… Cuenta el misionero jesuita cómo una líder indígena le dijo, tras cinco años de prisión injusta: “Dios es grande”… “Sí, Feliciano, Dios es grande, le dije, y después del baguazo lo es mucho más. Como que ha crecido y se ha multiplicado. Está en ti, preso todavía, en los 53 procesados y más, si cabe, en los 9 amenazados de cadena perpetua. Está también en quienes les visitan, en todos los que les están acompañando internacionalmente con generosas ayudas y en muchos más que se sienten animados a colaborar. Así podemos decir que ha crecido el poder de Dios y su misericordia, que se multiplica acompañándonos a todos: las víctimas y cuantos se solidarizan con ellas, los cuales somos, más que una multitud, un cuerpo vivo lleno del amor de Dios que se compadece de todos y especialmente de los más pobres”.