OMPRESS-ROMA (29-06-18) Ayer tenía lugar el consistorio en el que el Papa Francisco creaba 14 cardenales, entre los que destacan Louis Raphaël I Sako, Patriarca de Babilonia de los Caldeos, en Irak, Mons. Joseph Coutts, arzobispo de Karachi, Pakistán, Mons. Desiré Tsarahazana, arzobispo de Toamasina, Madagascar, y dos españoles, Mons. Luis Ladaria, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y Aquilino Bocos Merino, antiguo superior general de los claretianos.

El Papa les ha impuesto el solideo y la birreta cardenalicia, les ha entregado el anillo y asignado a cada uno una iglesia de Roma como signo de participación en la solicitud pastoral del Papa por la Ciudad Eterna.

En su homilía en la capilla papal, el Santo Padre ha meditado el pasaje evangélico “No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor”, del Evangelio de Marcos.

A los nuevos cardenales les decía: “«No será así entre vosotros» es la voz del Señor que salva a la comunidad de mirarse demasiado a sí misma en lugar de poner la mirada, los recursos, las expectativas y el corazón en lo importante: la misión. Y así Jesús nos enseña que la conversión, la transformación del corazón y la reforma de la Iglesia siempre es y será en clave misionera, pues supone dejar de ver y velar por los propios intereses para mirar y velar por los intereses del Padre. La conversión de nuestros pecados, de nuestros egoísmos no es ni será nunca un fin en sí misma, sino que apunta principalmente a crecer en fidelidad y disponibilidad para abrazar la misión”.

Y añadía: “Cuando nos olvidamos de la misión, cuando perdemos de vista el rostro concreto de nuestros hermanos, nuestra vida se clausura en la búsqueda de los propios intereses y seguridades. Así comienza a crecer el resentimiento, la tristeza y la desazón. Poco a poco queda menos espacio para los demás, para la comunidad eclesial, para los pobres, para escuchar la voz del Señor. Así se pierde la alegría, y se termina secando el corazón”.

De ahí que la mayor condecoración “que podemos obtener, la mayor promoción que se nos puede otorgar: servir a Cristo en el pueblo fiel de Dios, en el hambriento, en el olvidado, en el encarcelado, en el enfermo, en el tóxico-dependiente, en el abandonado, en personas concretas con sus historias y esperanzas, con sus ilusiones y desilusiones, sus dolores y heridas”.

El Papa Francisco terminaba recordándoles parte del testamento espiritual de san Juan XXIII: “Nacido pobre, pero de honrada y humilde familia, estoy particularmente contento de morir pobre, habiendo distribuido según las diversas exigencias de mi vida sencilla y modesta, al servicio de los pobres y de la santa Iglesia que me ha alimentado, cuanto he tenido entre las manos —poca cosa por otra parte— durante los años de mi sacerdocio y de mi episcopado. Aparentes opulencias ocultaron con frecuencia espinas escondidas de dolorosa pobreza y me impidieron dar siempre con largueza lo que hubiera deseado. Doy gracias a Dios por esta gracia de la pobreza de la que hice voto en mi juventud, como sacerdote del Sagrado Corazón, pobreza de espíritu y pobreza real; que me ayudó a no pedir nunca nada, ni puestos, ni dinero, ni favores, nunca, ni para mí ni para mis parientes o amigos (29 junio 1954)”.