OMPRESS-TOKIO (25-11-19) “Este santuario, más que de muerte, nos habla del triunfo de la vida”, afirmaba el Papa ayer ante el Monumento a los Mártires de Nagasaki, después de encender una vela que le entregó un descendiente de los cristianos perseguidos. Aquellos que durante siglos permanecieron ocultos, corriendo el peligro de morir sólo por profesar su fe en un Japón cerrado al mundo exterior y cuyos líderes consideraban reo de pena capital a todo seguidor de Jesucristo. “Este santuario evoca las imágenes y los nombres de los cristianos que fueron martirizados hace muchos años, comenzando con Pablo Miki y sus compañeros, el 5 de febrero de 1597, y la multitud de otros mártires que consagraron este campo con su sufrimiento y su muerte”, añadía. “Su testimonio nos confirma en la fe y ayuda a renovar nuestra entrega y compromiso, para vivir el discipulado misionero que sabe trabajar por una cultura, capaz de proteger y defender siempre toda vida, a través de ese ‘martirio’ del servicio cotidiano y silencioso de todos, especialmente hacia los más necesitados”.

El Papa llegaba la tarde del sábado a Japón proveniente de Tailandia, y tenía un encuentro con los obispos japoneses en la Nunciatura Apostólica en Tokio en el que manifestó su simpatía y cariño que, desde joven, había sentido por estas tierras, a las que quiso ir como misionero. “Han pasado muchos años de aquel impulso misionero cuya realización se hizo esperar. Hoy, el Señor me regala la oportunidad de estar entre ustedes como peregrino misionero tras los pasos de grandes testigos de la fe. Se cumplen 470 años de la llegada de san Francisco Javier al Japón, quien marcó el comienzo de la difusión del cristianismo en esta tierra. En su memoria, quiero unirme a ustedes para dar gracias al Señor por todos aquellos que, a lo largo de los siglos, se dedicaron a sembrar el Evangelio y a servir al pueblo japonés con gran unción y amor; esta entrega le dio un rostro muy particular a la Iglesia nipona”. En su encuentro con los prelados japoneses les habló del lema de este viaje, “Proteger toda vida”. Para el Papa Francisco, “proteger toda vida y anunciar el Evangelio no son dos cosas separadas ni contrapuestas: se reclaman, se necesitan. Ambas significan estar atentos, velar ante todo aquello que hoy pueda estar impidiendo, en estas tierras, el desarrollo integral de las personas confiadas a la luz del Evangelio de Jesús”. “Sabemos que la Iglesia en Japón es pequeña y los católicos son una minoría, pero esto no debe restarle valor a vuestro compromiso con una evangelización que, en vuestra situación particular, la palabra más fuerte y clara que puedan brindar es la de un testimonio humilde, cotidiano y de diálogo con otras tradiciones religiosas”. También les pidió una especial atención a los jóvenes, ante “el aumento del número de suicidios en vuestras ciudades, así como el ‘bulismo’ (ijime), y diversas formas de auto exigencia”, que “están creando nuevos tipos de alienación y desorientación espiritual”.

En la mañana de ayer partía desde Tokio a Nagasaki, allí lanzaba un mensaje en contra de las armas nucleares, antes de acercarse al monumento de los mártires. Por la tarde tenía lugar la Santa Misa, Solemnidad de Cristo Rey, en el estadio de Béisbol de Nagasaki. Comentando la escena del buen ladrón que presentaba el Evangelio, el Papa Francisco, recordaba a los fieles reunidos en el estadio, “aquel día, en el Calvario, muchas voces callaban, tantas otras se burlaban, tan sólo la del ladrón fue capaz de alzarse y defender al inocente sufriente; toda una valiente profesión de fe. En cada uno de nosotros está la decisión de callar, burlar o profetizar. Queridos hermanos: Nagasaki lleva en su alma una herida difícil de curar, signo del sufrimiento inexplicable de tantos inocentes; víctimas atropelladas por las guerras de ayer pero que siguen sufriendo hoy en esta tercera guerra mundial a pedazos. Alcemos nuestras voces aquí en una plegaria común por todos aquellos que hoy están sufriendo en su carne este pecado que clama al cielo, y para que cada vez sean más los que, como el buen ladrón, sean capaces de no callar ni burlarse, sino con su voz profetizar un reino de verdad y justicia, de santidad y gracia, de amor y de paz”.

Tras esta Misa se acercaba a Hiroshima, en el Memorial de la Paz, donde animaba a “recordar, caminar juntos, proteger. Estos son tres imperativos morales que, precisamente aquí en Hiroshima, adquieren un significado aún más fuerte y universal, y tienen la capacidad de abrir un camino de paz. Por lo tanto, no podemos permitir que las actuales y nuevas generaciones pierdan la memoria de lo acontecido, esa memoria que es garante y estímulo para construir un futuro más justo y más fraterno; un recuerdo expansivo capaz de despertar las conciencias de todos los hombres y mujeres, especialmente de aquellos que hoy desempeñan un papel especial en el destino de las naciones; una memoria viva que nos ayude a decir de generación en generación: ¡nunca más!”.