OMPRESS-ROMA (23-11-20) Ayer, Domingo de Cristo Rey, se hacía la entrega de este símbolo de la Jornada Mundial de la Juventud con las delegaciones de jóvenes de Panamá y de Portugal como protagonistas, una entrega que debió celebrarse el pasado Domingo de Ramos, y la pandemia impidió. “Es un paso importante en la peregrinación que nos llevará a Lisboa en el año 2023”, les dijo el papa Francisco, que aprovechó para anunciar que, a partir del próximo año, se traslada la celebración diocesana de la JMJ del Domingo de Ramos al Domingo de Cristo Rey, porque “En el centro permanece el Misterio de Jesucristo Redentor del hombre, como siempre evidenció san Juan Pablo II, iniciador y patrono de la JMJ”.

En la homilía de la misa que precedió a la entrega de la Cruz de la JMJ, el Papa comentó el pasaje evangélico del juicio final y, dirigiéndose a los jóvenes, les recordó las Obras de la Misericordia: “Yo estoy ahí, te dice Jesús, te espero ahí, donde no imaginas y donde quizás ni siquiera quieres mirar, ahí en los pobres. Yo estoy ahí, donde el pensamiento dominante —según el cual la vida va bien si me va bien a mí— no muestra interés. Yo estoy ahí, dice Jesús también a ti, joven que buscas realizar los sueños de la vida”. Porque, “las obras de misericordia van precisamente al centro de nuestros sueños grandes. Si tienes sueños de gloria verdadera, no de la gloria del mundo que va y viene, sino de la gloria de Dios, este es el camino”.

Es una cuestión de amor, porque “el amor nos impulsa a pasar de los porqués al para quién, del por qué vivo al para quién vivo, del por qué me pasa esto al para quién puedo hacer el bien. ¿Para quién? No sólo para mí mismo: la vida ya está llena de decisiones que tomamos mirando nuestro beneficio, para tener un título de estudios, amigos, una casa, para satisfacer los propios intereses, los propios pasatiempos. Pero corremos el riesgo de que pasen los años pensando en nosotros mismos sin comenzar a amar”.

Muchas elecciones surgen cada día en el corazón. Por eso, explica el Papa Francisco, surgen dos preguntas distintas: “Una es: ¿Qué me apetece hacer? Es una pregunta que con frecuencia engaña, porque insinúa que lo importante es pensar en uno mismo y seguir todos los deseos e impulsos que uno tiene. Sin embargo la pregunta que el Espíritu Santo sugiere al corazón es otra: no ¿qué me apetece hacer?, sino ¿qué te hace bien? Aquí está la elección de cada día: ¿Qué quiero hacer o qué me hace bien? De esta búsqueda interior pueden nacer elecciones banales o elecciones de vida, depende de nosotros. Miremos a Jesús, pidámosle la valentía de elegir lo que nos hace bien, para seguir sus huellas en el camino del amor, y encontrar la alegría. Para vivir, no para ir tirando”.