OMPRESS-ROMA (14-02-19) Ayer el Papa Francisco, en la audiencia general del miércoles, recordaba a las figuras de Cirilo y Metodio, cuya festividad se celebra hoy, 14 de febrero: “Mañana celebraremos la fiesta de los santos Cirilo y Metodio, evangelizadores de los pueblos eslavos y copatrones de Europa. Que su ejemplo nos ayude a todos a convertirnos, en cualquier entorno de la vida, en discípulos y misioneros, para la conversión de los lejanos y de los más cercanos. Que su amor por el Señor nos dé la fuerza para sostener cualquier sacrificio, para que el Evangelio se convierta en la regla fundamental de nuestra vida”.

El Papa continuó ayer con el ciclo de catequesis que está dedicando al Padre nuestro. Preguntaba a los asistentes a la audiencia: “¿Qué falta en el Padre nuestro?”. En el Padre nuestro, explicaba, falta la palabra “yo”: “Nunca se dice ‘yo’. Jesús enseña a rezar teniendo en los labios sobre todo la palabra ‘Tú’, porque la oración cristiana es diálogo: ‘santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad’. No mi nombre, mi reino, mi voluntad. Yo, no, no va. Y después pasa al ‘nosotros’. Toda la segunda parte del Padre nuestro está declinada en la primera persona del plural: Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas; no nos dejes caer en la tentación; líbranos del mal. Incluso las peticiones más elementales del hombre – como la de tener comida para apagar el hambre – están todas en plural. En la oración cristiana, nadie pide pan sólo para sí: dame el pan de hoy, no, danos, lo suplica para todos, para todos los pobres del mundo”.

“No hay oración elevada a Dios”, proseguía, “que no se oración de una comunidad de hermanos y hermanas, el nosotros” y recordó que en una ocasión el capellán de una cárcel le hizo una pregunta: “¿Cuál es la palabra contraria a ‘yo’?”. El Papa le respondió que “tú”. Aquel capellán le dijo: “Ese es el inicio de la guerra. La palabra opuesta a ‘yo’ es ‘nosotros’, donde hay paz, todos juntos”.

“En la oración”, concluía, “un cristiano plantea todas las dificultades de las personas que viven junto a él: cuando cae la tarde, le cuenta a Dios los dolores con los que se ha cruzado ese día; pone delante de él muchas rostros, amigables e incluso hostiles; no los aleja como distracciones peligrosas. Si uno no se da cuenta de que alrededor hay muchas personas que sufren, si no se compadece por las lágrimas de los pobres, si se ha acostumbrado a todo, entonces su corazón… se ha marchitado. No, peor: es de piedra. En este caso, es bueno rogar al Señor que nos toque con su Espíritu y enternezca nuestro corazón: ‘Enternece, Señor, mi corazón’. Es una hermosa oración: ‘Señor, enternece mi corazón, para que pueda entender y hacerme cargo de todos los problemas, de todos los dolores de los demás’. Cristo no pasó indemne junto a las miserias del mundo: cada vez que percibía una soledad, un dolor del cuerpo o del espíritu, sentía una fuerte compasión, como las entrañas de una madre. Este ‘sentir compasión’ – no olvidemos esta palabra tan cristiana: sentir compasión –es uno de los verbos clave del Evangelio: es lo que empuja al buen samaritano a acercarse al hombre herido al borde del camino, a diferencia de otros que tienen la corazón duro”.