OMPRESS-ROMA (3-12-20) Hace 40 años, tres religiosas y una laica misionera fueron secuestradas, violadas y asesinadas en El Salvador por su entrega al pueblo salvadoreño que sufría una guerra civil. El Papa Francisco las recordaba ayer porque vivieron su fe con generosidad.

“Hoy es el cuadragésimo aniversario de la muerte de cuatro misioneras de Norte América, asesinadas en el Salvador: las hermanas de Maryknoll Ita Ford y Maura Clarke, la hermana ursulina Dorothy Kazel y la voluntaria Jean Donovan. El 2 de diciembre de 1980 fueron secuestradas, violadas y asesinadas por un grupo de paramilitares. Prestaban servicio en El Salvador en el contexto de la guerra civil. Con compromiso evangélico y asumiendo grandes riesgos llevaban alimentos y medicinas a los desplazados y ayudaban a las familias más pobres. Estas mujeres vivieron su fe con gran generosidad. Son un ejemplo para todos para convertirse en fieles discípulos misioneros”, decía el Papa Francisco, al acabar la audiencia de ayer miércoles.

Las cuatro eran estadounidenses. Eran las Hermanas de Maryknoll Maura Clarke e Ita Ford, nacidas en Nueva York, la laica misionera Jean Donovan, de Cleveland, y la religiosa Ursulina Dorothy Kazel, también de Cleveland. Unieron su destino al de los 70.000 salvadoreños asesinados durante la guerra civil que duró doce años. El 2 de diciembre de 1980 las dos hermanas de Maryknoll, Maura e Ita, llegaron en avión a El Salvador tras asistir a un encuentro de su congregación en Nicaragua. Las recogieron la hermana Dorothy y la misionera laica Jean Donovan. Poco después de su salida del aeropuerto, cinco guardias sin uniforme detuvieron la camioneta en la que viajaban. Los soldados las golpearon, violaron y asesinaron. Los cuerpos de las mujeres fueron encontrados a la mañana siguiente.

En marzo de ese mismo año había sido asesinado Mons. Romero. La Conferencia Episcopal de El Salvador declaró Año Jubilar de los Mártires este 2020, 40 años después de estos martirios, recordando que “los mártires dieron su vida y nos acompañan en nuestra peregrinación de fe. Queremos escuchar su voz y al mismo tiempo queremos hacernos eco de esa voz”.

La hermana Dorothy Kazel se unió a un equipo misionero de Cleveland que partió para El Salvador en 1974. Cuando estalló la guerra en 1980, a la misionera no le importaron las amenazas de muerte por su atención a los refugiados. Ya había trabajando antes en una prisión de mujeres y con los pobres y enfermos en Estados Unidos. Conducía camiones – conocidos como el “escuadrón de rescate” – para ir a sacar refugiados de las montañas donde se movía la guerrilla. Solía decir que quería que se la recordara como una persona feliz y alegre, como una persona “aleluya”. Su diócesis, la de Cleveland, concede cada cinco años el Premio Aleluya en su recuerdo, precisamente a personas que reflejen el valor, la fe y el optimismo de la hermana Kazel.

Antes de llegar a El Salvador, las hermanas Ita Ford y la hermana Maura Clarke habían pasado años de misión en Chile y Nicaragua respectivamente, dedicadas sobre todo a la educación. En la actualidad e inspiradas en ellas, existe el Maura Clarke-Ita Ford Center (MCIF) en Brooklyn, de donde era originaria Ita, que sigue muy activo en el área de educación de adultos y ha ayudado a miles de personas a mejorar sus vidas a través de la educación.

Jean Donovan escribió en aquellos años que “las privaciones que una soporta quizá sean la manera de Dios de llevarte al desierto, para prepararte, para encontrarlo y amarlo más plenamente”. Y cuando muchas veces le sugerían que lo razonable era que abandonara la misión decía que, ante “un mar de lágrimas e impotencia… ¿qué corazón sería capaz de elegir lo ‘razonable’?”.