OMPRESS-SALAMANCA (14-12-20) Así ha considerado Juan Robles Diosdado, a sus 80 años, su servicio como delegado de misiones y director diocesano de la Obras Misionales Pontificias de Salamanca, un verdadero regalo. Ha querido reflejar en un “balance e impresiones” su vida dedicada a la animación misionera.

“Mi dedicación a la misión universal ha sido fruto de una vocación temprana y permanente. Descubrí la realidad y el valor de las misiones a mis 15 años, durante el tercer año de estudios en el Seminario Menor de Salamanca. Y continué los trabajos de conocimiento y difusión de la acción misionera de la Iglesia en un grupo de formación libre llamado Academia Misional en el Seminario Mayor, siendo durante algunos años su presidente y encargado de la animación del grupo. Durante esos años, seguimos con ilusión la presencia universal de la iglesia y de todos los obispos, también los misioneros de África, América y Asia en Roma durante los años del Concilio, desde 1962 a 1965. Durante esos años de desarrollo de la animación misionera, sobre todo en los seminarios, asistimos regularmente cada año a la Semana Misional de Burgos.

Cuando fui ordenado sacerdote en 1965 y destinado a Revalbos y Armenteros, tuve ocasión de dar a conocer y animar a colaborar con las misiones, sobre todo a los más de 500 alumnos del Colegio de Armenteros. Cuando en 1974 pasé a Salamanca, nuestro obispo D. Mauro me pidió ayudar al delegado de misiones D. Ángel Santos Benito, que tenía una enfermedad avanzada y, cuando él falleció, D, Mauro me nombró delegado diocesano de misiones.

El contacto con otras delegaciones diocesanas de misiones y la relación permanente con la dirección nacional de las Obras Misionales Pontificias, me ayudó en la profundización en el conocimiento de la realidad misionera de la Iglesia en todo el mundo, y conocimos técnicas de animación y cooperación misionera. En esa orientación y trabajo tuvo una buena parte el decreto misionero Ad gentes, del Concilio Vaticano II, y la maravillosa exhortación apostólica del papa Pablo VI, publicada a los diez años de la terminación de aquel (1975) al término del Sínodo sobre la evangelización.

Trabajamos lo mejor que supimos en el despertar y el compromiso misionero de nuestra diócesis: parroquias y arciprestazgos, colegios, movimientos juveniles y otros ámbitos, creando un grupo de colaboración unido a la delegación de misiones, en el que participaban sobre todo jóvenes. Con este grupo hicimos una hermosa y práctica experiencia de misión en la parroquia de Arabayona. De esa experiencia aprendimos mucho los jóvenes, algunos de congregaciones religiosas masculinas y femeninas y yo mismo. Con los niños trabajamos sobre todo en expresiones como sembradores de estrellas, o en paralelo o conjuntamente con los jóvenes en los encuentros de la canción misionera, tan atractiva, agradable y formativa.

Esa etapa terminó cuando a comienzos de 1982 fui llamado a colaborar como secretario de la Comisión Episcopal de Misiones y miembro del equipo nacional de las Obras Misionales Pontificias, especialmente en el sector de jóvenes. Ahí tuve contacto con muchos misioneros y tuve ocasión de organizar encuentros de sacerdotes de la OCSHA (Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana) en América.

Los últimos años de Madrid se orientaron, sobre todo, a la preparación de la celebración del V Centenario de la Evangelización de América, que culminó mi colaboración en Madrid en el año 1993. La experiencia en la acción y cooperación misionera fue creciendo mucho a partir del Concilio y de la encíclica misionera del papa Juan Pablo II Redemptoris missio, publicada en 1990, al cumplirse los veinticinco años de la terminación del Concilio. El avance en la reflexión misionera en aquellos años me hozo comprender la conveniencia de especializarme en el estudio de la llamada Misionología, y tuve la oportunidad de dedicar algunos años a la obtención del doctorado en aquellas materias misionológicas.

A la vuelta a Salamanca en 1997, volví a hacerme cargo de la delegación de misiones, con el espíritu amplio y enriquecido por los estudios y la vivencia de Roma y la visión universal que privilegiadamente se puede experimentar en el contacto con obispos, sacerdotes y misioneros de todos los países, y sobre todo de los países de misión.

En esta segunda vuelta a Salamanca, fue muy rico el conocimiento y contacto con los casi 300 misioneros salmantinos cuando pasaban por nuestra tierra, y organizamos la jornada anual de los misioneros diocesanos, con asistencia de algunos de ellos y de buen número de sus familiares. Recientemente, tanto los festivales de la canción misionera, como los encuentros con los misioneros diocesanos, los hemos tenido conjuntamente con la diócesis hermana de Ciudad Rodrigo.

Doy muchas gracias a Dios por el regalo que me ha hecho de la dedicación al mundo misionero, por el enriquecimiento con tantas experiencias de misioneros y de iglesias jóvenes. Doy gracias también a la diócesis de Salamanca por la fructuosa respuesta dada a nuestros trabajos de animación misionera. Y agradezco también al Señor y a mi obispo Don Carlos por el acertado y esperanzador nombramiento de mi sucesor en el servicio diocesano de misiones, en la persona del experimentado sacerdote misionero, que ha ejercido tantos años en Cuba, D. José Miguel González, con el que con gusto sigo dispuesto a colaborar en la obra misionera, aun habiendo cumplido ya mis 80 años”.