El Papa camina delante, en medio y detrás de la Iglesia misionera. Delante, indicándonos el camino; en medio, reforzándonos en la unidad; y detrás, siguiendo nuestro olfato de Pueblo de Dios para hallar nuevas vías, sin que nadie se quede rezagado. Ahora Francisco ha puesto en marcha un Fondo de Emergencia de OMP para ayudar a los territorios de misión más heridos por el Covid-19. ¿Qué nos dice su invitación a poner en acción nuestra caridad, no solo “aquí”, sino “allí”?

El coronavirus ha tocado nuestra salud, nuestra sociedad y nuestras conciencias. Lo resume una frase del Santo Padre en el impresionante momento de oración del 27 de marzo: la enfermedad nos ha hecho replantearnos nuestro permanecer “imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo”. En medio de tanto dolor, este cuestionamiento es una extraordinaria oportunidad.

Los aplausos que cada atardecer dedicamos con todo merecimiento a las personas que libran la batalla contra la pandemia en primera línea, las miradas cordiales que tanto necesitábamos y que ahora van de balcón a balcón, pueden hacernos pensar que se ha despertado nuestra solidaridad y nuestro sentimiento de comunidad, y así es, en parte. Pero la ocasión es también una prueba de hasta “qué balcón” llega el alcance de nuestro corazón en esa misma solidaridad.

Un primer círculo abarca a los cercanos, incluso a los que podíamos tener relegados a pesar de su proximidad, como nuestros mayores o nuestros niños. El segundo círculo ya no es solo el de “los míos”, sino el de “los nuestros”: los vecinos o compatriotas. El deseo de estar al lado de quienes percibo como afines es un gran paso para todos como sociedad, pero aún puede llevar escondido cierto aspecto de interés propio: el personal sanitario al que aplaudo de todo corazón puede ser el que tenga que atenderme a mí, llegado el caso.

Solo el tercer círculo nos abre al mundo entero, y no desde una difusa noción de fraternidad que nos mantiene en el nivel anterior, solo que globalizado, sino desde una hermandad real como hijos de un mismo Padre. Este tercer círculo es justamente —y no hay que asustarse de estas palabras— el de la aspiración a ser santos en la misión universal de la Iglesia. La llamada a la santidad y a la misión nos sitúa en otra óptica: ya no doy para que me den, o por si acaso tienen que darme, sino porque percibo que soy yo el que tengo que darme, y que darme a todos.

Este es el llamamiento que nos dirige el Papa para que ayudemos al Fondo de Emergencia de OMP para las Iglesias más necesitadas, afectadas ahora, además, por la crisis del coronavirus. Mientras llegan las pruebas para saber si padecemos o no lo enfermedad, esta otra prueba nos indicará hasta dónde llega de verdad nuestra generosidad como cristianos, como misioneros, como hermanos de todos los hombres.