Dos de los 176 sacerdotes acogidos en el Colegio San Pedro de Roma, cuentan su vocación: James Ereai, de las Islas Salomón, y João Calisto Linha, de Mozambique. Este Colegio, financiado por las Obras Misionales Pontificias y la campaña de Vocaciones Nativas, que celebraremos este domingo 3 de mayo, les permite formarse en las mejores universidades eclesiásticas del mundo y además de hacer la experiencia de la catolicidad de la Iglesia. Las Obras Misionales también les ayudaron en su formación en el seminario de sus países, de alguna manera en su vocación está presente la generosidad de tantos fieles con las vocaciones.

James Ereai tiene 40 años y proviene de las Islas Salomón. Cuenta que estudió medicina en Papúa Nueva Guinea´: “En mis estudios me impresionaba cada vez más la grandiosidad de la anatomía humana. Me preguntaba por el autor de esta obra maestra y empezó a morderme el gusanillo de la vocación. Trabajé como médico de urgencias, y no entendía por qué tenían que morir personas a pesar de los mejores cuidados médicos”. Ereai estaba encantado con su profesión, su sueldo y el aprecio que la gente le profesaba, “pero sentía en el corazón como un vacío en el desierto, me faltaba algo. Sentía como una llamada a algo más que curar el cuerpo. Fue creciendo en mí el deseo de ser sacerdote para ocuparme también del espíritu. Como sacerdote y médico podría atender al ser humano total, en cuerpo y espíritu”.

Ahora está en Roma haciendo la licenciatura en Teología moral, con especialización en bioética. La bioética responde a su doble vocación, la de sacerdote y médico. Esto le permitirá “enseñar bioética en el seminario de mi diócesis, además del trabajo directo con los enfermos en el hospital diocesano. Mi obispo quiere formar un Comité Nacional de Bioética, para orientar el cuidado médico y la salud en las Islas Salomón. Podré orientar éticamente el trabajo de médicos y enfermeras”.

João Calisto Linha de Mozambique, tiene 33 años. Este sacerdote cuenta como todo empezó cuando tenía 16 años: “En 1998 llegó un grupo de misioneros javerianos y restauraron la misión, la escuela, y la fe de los cristianos. Mi sueño de ser médico se fue disipando y comencé a sentir algo más. La presencia de los misioneros supuso para mí un cambio de horizonte. Con ellos fui madurando la idea de dar otro rumbo a mi vida: Ser sacerdote”. Y logró su sueño, se ordenó sacerdote y dedicó sus primeros años a trabajar con jóvenes, animándolos también en su vocación. “El obispo”, cuenta João, “me ha mandado venir a Roma para estudiar Psicología. Quiere que sea capaz de ofrecer un trabajo más profesional a tantas personas que quieren vivir su vocación cristiana más plenamente. Cuando termine los estudios en Roma regresaré a mi diócesis para ser útil en la formación de seminaristas y de laicos”.