OMPRESS-SIRIA (21-12-18) Siria se ha desgarrado durante años en una lucha entre facciones opuestas, pero la vida ha tratado de continuar. Junto a la población de Alepo, se mantuvo como párroco y vicario del obispo Fray Ibrahim Alsabagh, sirviendo como pastor a la comunidad católica de rito latino. El padre Ibrahim es sirio, nacido en Damasco de familia cristiana, y es franciscano, hermano menor de la Custodia de Tierra Santa. Ha descrito el sufrimiento de su gente y su comunidad en algunos libros que han ayudado a dar a conocer el Occidente el drama de la guerra vivido también por los más pequeños.

En enero de 2015, el padre Ibrahim escribía: “No es difícil imaginar que entre nuestra gente se respire un aire de desesperación: ancianos enfermos que sufren el frío sin medida, niños y mujeres con graves síntomas de desnutrición, familias que ya no pueden para pagar el alquiler de sus casas, personas, especialmente padres, que ya no se preocupan de curarse y que, por lo mismo, también debido a enfermedades de poca importancia, a las que no se ha prestado atención durante mucho tiempo, presentan graves problema de salud, daños que les llegan a causar incluso la muerte”.

El religioso no ha abandonado su comunidad y suele explicar serenamente que sería como si una madre abandonara a su hijo enfermo. El padre Ibrahim ha organizado así una red de asistencia a nivel parroquial gracias a la ayuda internacional, logrando llevar a los campos de refugiados pañales, leche en polvo y artículos de primera necesidad. No solo eso: para tratar de aliviar los daños causados por la guerra a nivel psicológico en los jóvenes, ha comprometido a los casi mil chicos y niños a él encomendados a pintar una calle entera durante el verano, para que perdieran la ansiedad, sufrieran menos miedo y lograran la serenidad.

Pequeños gestos de un pastor que se queda al lado del rebaño que se le ha sido confiado. Como escribió en septiembre de 2016, Mons. Georges Abou Khazen, vicario apostólico latino de Alepo: “La situación en Alepo es muy difícil, no solo por las obvias razones de seguridad: no hay electricidad, que solo podemos producir a través de generadores de gasoil. El combustible cuesta y el agua potable es escasa. Afortunadamente, tenemos pozos en las iglesias y así podemos distribuir agua. Está además el problema de las casas destruidas. Los precios de los productos son altísimos, debido al embargo económico. A nosotros, como Iglesia, nos gustaría ayudar a sobrevivir a aquellos que no trabajan, a los pequeños artesanos a encontrar un trabajo. Pero frente al imparable río de sangre, solo pedimos paz. Contamos con vuestras oraciones”.

 

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