El padre Rafael Sabe, salesiano misionero en Guinea, la conocida como Guinea Conakry, lleva en África desde 1992, por lo que le ha tocado vivir momentos difíciles, guerras y pandemias… ahora la del covid, pero también la del ébola. Su misión está en Kankan, en el interior. Desde allí, Rafael cuenta que en Guinea, “no hay miedo hacia el covid, por eso no hay precauciones tan estrictas como tenéis en España. Pero hay que ser prudentes, sobre todo porque aquí en Cuaresma las iglesias se llenan. El Miércoles de Ceniza celebré en una parroquia a cien kilómetros de Kankan, ya que el párroco me pidió que le remplazara para que él pudiera celebrar en varios pueblos. La iglesia estaba a tope, dentro y fuera lleno de gente. En la imposición de la ceniza, fui lo más prudente posible”. Esta actitud, el padre Sabe la atribuye a “que los casos no son como en España, ya que según las estadísticas oficiales hemos tenido 15.992 casos, con 89 fallecidos y actualmente hay 1.006 casos activos”.

Pero el ébola ha vuelto: “el virus del Ébola provoca una gran fiebre, dolores intensísimos de cabeza, vómitos y diarreas. Induce miedo. Por eso la reaparición del ébola, después que entre 2013- 2016 provocara más de once mil muertos ha creado más inquietud que el covid. Todos tenemos los recuerdos en nuestra mente, ya que lo vivimos en directo”.

El misionero salesiano explica que la primera víctima de esta vuelta del ébola fue una enfermera que murió el 28 de enero en Gouecké, una ciudad situada cerca de N’Zerekore. Esta enfermera ha sido catalogada como el paciente cero. En el día de su entierro se contagiaron ocho miembros de su familia, de los que tres han fallecido. Fue entonces cuando se descubrió que el virus había vuelto a Guinea. La reacción del gobierno ante el ébola sí que ha sido rápida, cuenta Rafael: “La zona donde se descubrió el ébola fue controlada por el ejército. Y gracias a Dios existe la vacuna contra el virus del Ébola”.

Todo esto le lleva a reflexionar que en su vida de misionero ha pasado de todo: “Viví en directo la guerra de Costa de Marfil en el norte del país. Allí llegué a pasar miedo, no tanto por mi vida sino por la vida de aquellos que el Señor me había confiado, incluso tuve que sufrir la prisión. Me acuerdo, con los misioneros españoles que vivimos ese momento, que, ante la petición de las autoridades occidentales de abandonar la región, nosotros nos preguntábamos: ¿qué tenemos que hacer? ¿Hemos de dar un testimonio de un Cristo solo crucificado? ¿O bien dar testimonio de un Cristo crucificado y resucitado? Si Jesús ha resucitado, quiere decir que está vivo. Pase lo que pase Él está con nosotros. Y cuando te preguntas “¿Qué es lo peor que te puede pasar?”, y aceptas lo peor, es fácil ser misionero”.