OMPRESS-RUANDA (5-11-20) La misionera malagueña Remedios López escribe a su diócesis natal, compartiendo el testimonio de su vida en la misión en Ruanda. Remedios es Hija de la Caridad y da gracias a Dios por su vocación misionera, junto a los más desheredados.

“Desde muy pequeña mi padre me leía los Evangelios y me enseñó a amar a los pobres. Jovencita conocí a las Hijas de la Caridad en Fuengirola y entré a formar parte de la Asociación Juventudes Marianas Vicencianas. En contacto con el carisma vicenciano mi amor hacia los pobres fue creciendo y la vocación misionera se hizo presente en mi corazón. Entré en la Compañía de las Hijas de la Caridad y tras el período de formación en Granada fui enviada a Córdoba. Allí tuve el privilegio de servir a niños con problemas sociales, enfermos mentales y personas marginadas en el barrio del Guadalquivir.

Hace algo más de 25 años salí de España y llegué al Centro Misionero de las Hijas de la Caridad en la Casa Madre de Paris para prepararme a la misión ‘ad gentes’. Desde allí fui enviada a la misión de Ruanda donde llegué el 26 de mayo de 1995. Me encontré con un país en guerra civil, destrozado por el genocidio perpetrado, entre los meses de abril-julio de 1994, contra la etnia tutsi, seguido de unos años de revancha contra la etnia hutu. Esos primeros años fueron muy duros. La violencia y la inseguridad reinaban por todas partes. Gran parte de nuestras misiones habían sido pilladas y saqueadas. Yo, personalmente, he estado varias veces a las puertas de la muerte, atada, amordazada, con un fusil sobre mi cabeza… pero el Señor y la Virgen Milagrosa han velado sobre nosotras. Poco a poco, gracias al tesón de muchas Hermanas y a la fuerza del Espíritu que está siempre actuando, la misión ha ido rehaciéndose desde sus cenizas.

En Ruanda nuestro servicio de Cristo en los Pobres abarca toda clase de miserias y llevamos a cabo muchos proyectos. Yo soy enfermera de profesión pero he trabajado con enfermos, con niños malnutridos, con huérfanos, con mujeres solas en dificultad, con niños y niñas de la calle, con desplazados y refugiados a causa de la inseguridad y de la guerra…

También hemos creado escuelas infantiles y de primaria, alfabetización de adultos, promoción de la mujer, centro de niños con deficiencias físicas y psíquicas, visita de presos en las cárceles y muchos etcéteras… Todos ellos tienen un denominador común terrible: ‘el hambre y la inseguridad’. Es muy importante lo que investimos en la ayuda al estudio de niños y jóvenes de familias pobres que tiene gran incidencia en el desarrollo de esas familias y del país. Muchos padrinos/madrinas de España sostienen económicamente uno o varios niños/jóvenes.

La misión me ha ayudado a crecer humana y espiritualmente. Doy gracias a Dios por mi vocación misionera y a la Compañía de la Hijas de la Caridad por enviarme a un lugar donde tanto aprendo y tanto recibo de este pueblo africano. Experimento como un privilegio del Señor el poder estar cerca y compartir mi vida con los más desheredados de la tierra que me ayudan a cuestionar mis actitudes, a vivir en una dinámica de búsqueda del Señor, de apertura a los demás, intentando hacer realidad su Reino en medio de nosotros”.