OMPRESS-COSTA DE MARFIL (17-06-20) El pasado día 12 de junio fallecía, a los 62 años de edad, el misionero amigoniano Francisco Javier Arizcuren Rey, miembro de nuestra comunidad Luis Amigó, director del centro Amigó Doumé de Abiyán, Costa de Marfil.

El padre Francisco Javier nació el 16 de noviembre de 1957 en Aós de Lónguida, Navarra. En Pamplona, en 1975, ingresó en el noviciado de la congregación de los Terciarios Capuchinos de Nuestra Señora de los Dolores, más conocidos como amigonianos, por su fundador, padre Luis Amigó. Hizo su primera profesión en 1976 y su profesión perpetua en 1982. Ordenado diácono en 1992 en la Catedral San Isidro de El General, perteneciente a la diócesis de San Isidro en Costa Rica, su ordenación sacerdotal fue en 1993 en la capilla del Colegio P. Luis Amigó de Pamplona.

Desde su primera profesión hasta 1984, el padre Francisco Javier formó parte de la Casa de Observación y Clasificación El Cristo de Bilbao, donde hoy está el Centro Residencial Udaloste. En 1984 pasó a la Casa de los Muchachos de Torrelavega, Cantabria, donde fue educador hasta diciembre de 1989, cuando viajó a Puerto Rico. Allí fue primero educador y coordinador pedagógico de la Casa de Niños Manuel Fernández Juncos de San Juan hasta 1995, cuando pasó a ser superior y director, cargo que ostentó hasta 1996. De 1996 a 1998 fue prefecto de juniores y en 1998 fue elegido Superior Provincial de la Provincia Buen Pastor, cargo para el que fue reelegido en 2001 por un nuevo trienio. En 2004 regresó a la Casa de Niños Manuel Fernández Juncos, donde volvió a ser superior y director. En 2011 regresó a España, donde formó parte primero de la comunidad del Colegio P. Luis Amigó de Pamplona, hasta que en 2018 fue destinado a la comunidad Luis Amigó de Abiyán (Costa de Marfil), donde ha sido maestro de juniores y director del centro Amigó Doumé.

A finales del año pasado escribía a las Obras Misionales Pontificias contando su labor en Costa de Marfil y la alegría de que los Amigonianos cumplieran 25 años en este país ayudando a quienes más lo necesitan, como los acogidos en el centro en el que estaba el padre Francisco Javier: chicos de “alto riesgo”, por provenir de la calle, o de prisión o de inmigración, a los que se les daba la oportunidad de aprender un oficio, formarse y tener la esperanza de un futuro.