OMPRESS-MADRID (20-10-20) Este domingo, precisamente el del Domund, se ha marchado a la casa del Padre el misionero Germán Arconada, religioso de los Padres Blancos y hermano, padre y amigo de todos los que consideran la misión parte de sus vidas. El 20 de septiembre fue ingresado en el hospital Ramón y Cajal de Madrid y, hace unos días, se informó de que no respondía a la medicación que le estaban aplicando. Así lo comunicaba el delegado provincial de España, el padre Jesús Zubiría.

Siempre tenía tiempo para el Domund, para dar su testimonio y ser testigo, para hablar de Dios y de la misión. El director nacional de las Obras Misionales Pontificias, José María Calderón, trasladaba el pésame a los Misioneros de África: “Me he enterado hace un rato de la muerte del P. Arconcada… ¡Lo siento mucho! Y me uno a vuestro dolor y oración. Os digo en serio que Germán fue un referente para mí. Cada encuentro, cada vez que venía a verme, primero como delegado de misiones de Madrid, ahora como director nacional de las OMP, era un regalo. Me ayudaban mucho sus reflexiones, aprendía de su experiencia. Yo, que soy un inexperto en el tema de la misión, le escuchaba con mucho respeto y con mucha ilusión. Me parecía tan claro en su planteamiento de vida y de entrega misionera que me ayudó en muchas ocasiones a tomar decisiones. Por eso, siento mucho esta muerte y os prometo la oración, no sólo mía, también de todos los que estamos en esta labor de las Obras Misionales Pontificias de España”.

Llegó a Burundi en 1977 y allí durante décadas dedicó su vida a los demás. Como tantos miembros de los Misioneros de África, de los Padres Blancos, su entrega era sin límites. Podría haber hecho la lista de penalidades de San Pablo en la segunda carta a los Corintios: “tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio…”. Fue amenazado, y en varias ocasiones escapó por poco de ser asesinado, sufrió penalidades y vio cómo toda su labor desaparecía con la tragedia y las matanzas que en los años noventa asolaron la región de los Grandes Lagos, en el corazón de África. Y volvió a empezar de nuevo, cuanto todo se calmó y la paz se afianzó. Decía él que “convertido”, ante el asombro de quienes le escuchaban.

Así lo contaba en 2009: “En nuestro mundo tan secularizado fácilmente medimos al misionero por la cantidad de obras de promoción social que ha podido realizar en un país lejano. Debo confesar que durante mucho tiempo me ha parecido que estas obras de promoción eran lo más importante de mi vida.

Pero un día, a primeros de noviembre de 1993, Dios me tiró del caballo. Estaba con mi amigo Yayo junto al puente del río Ruvyironza. Eran los primeros días de la guerra étnica. De pronto entre las aguas turbias vimos un cadáver mutilado que bajaba por el río. Al poco tiempo otro cadáver también mutilado era arrastrado por el río. La imagen se me quedó gravada como una pregunta acuciante: tantas vidas sesgadas por los odios, tantas escuelas y dispensarios destruidos, ¿qué hemos hecho para que esto no suceda? La respuesta me fue llegando como una convicción, lo más importante es favorecer la conciencia de fraternidad. La construcción de escuelas y dispensarios sólo es evangelizadora si nace de esta fraternidad que brota de la fe en Jesucristo que nos une a todos, africanos y europeos, en un testimonio de amor.

Creo que el misionero es un admirador de Dios. Es un testigo de lo que Dios puede hacer cuando dejamos que Dios actúe en nuestras vidas. Hay muchos errores en el mundo, porque confiamos muy poco en Dios”.

“El mundo necesita muchos enamorados de Dios”, decía Germán, “para que la gente entienda en sus noches oscuras dónde está la fuente del amor. Muchos que puedan decir como San Juan de la Cruz:

Que bien sé yo la fonte que mana y corre

aunque es de noche

aquella eterna fonte está escondida

Que bien se yo do tiene su manida

aunque es de noche”.