El Papa Francisco recordaba ayer, antes del rezo del Regina Coeli, que Jesús con su resurrección, “ha derribado el muro de división entre los hombres y ha restaurado la paz, comenzando a tejer la red de una nueva fraternidad”.

De ahí que la Pascua, explicaba el Papa, nos exija no “confinarnos en lo privado, en nuestro grupo, sino que estamos llamados a cuidar del bien común, a cuidar de nuestros hermanos, especialmente de los más débiles y marginados. Solo la fraternidad puede garantizar una paz duradera, puede vencer la pobreza, puede extinguir las tensiones y las guerras, puede extirpar la corrupción y la criminalidad. Que el ángel que nos dice: ‘ha resucitado’, nos ayude a vivir la fraternidad y la novedad del diálogo y de la relación y la preocupación por el bien común”.

En su homilía durante la Vigilia Pascual, señalaba también que “esta es la base y la fuerza que tenemos como cristianos para gastar nuestras vidas y nuestra energía, inteligencia, afectos y voluntad en la búsqueda y especialmente en la generación de caminos de dignidad. No está aquí… ¡Ha resucitado! Es la proclamación que sostiene nuestra esperanza y la transforma en gestos concretos de caridad”.

A esa “chispa de la esperanza”, hacía referencia el Papa Francisco en el Vía Crucis del Viernes Santo en el Coliseo. Una chispa que, entre otras cosas, decía, se ve en la labor de los misioneros: “la esperanza porque tantos misioneros y misioneras siguen, todavía hoy, desafiando la conciencia adormecida de la humanidad arriesgando la vida para servirte en los pobres, en los descartados, en los emigrantes, en los invisibles, en los explotados, en los hambrientos y en los encarcelados”.

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