La encíclica Fratelli tutti que el papa Francisco ha publicado recientemente tiene gran interés para la formación misionera de los jóvenes. Está dedicada a la fraternidad y a la amistad social, con referencia a los consejos que san Francisco de Asís dio a sus hermanos y hermanas para “proponerles una forma de vida con sabor a Evangelio”. Y destaca que: “Allí declara feliz a quien ame al otro «tanto a su hermano cuando está lejos de él como cuando está junto a él». Con estas pocas y sencillas palabras expresó lo esencial de una fraternidad abierta, que permite reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del universo donde haya nacido o donde habite”.

Además del valor que la encíclica tiene en su conjunto para un programa misionero, a lo largo de ella se encuentran una serie de referencias que pueden ayudar a plantear el compromiso cristiano de los jóvenes para amar con un corazón universal e impulsar su espíritu misionero.

La primera referencia es cuando habla de El fin de la conciencia histórica (nn. 13-14). Allí advierte de las ideologías que pretenden “deconstruir” al ser humano para moldearlo a su antojo. Para este fin “necesitan jóvenes que desprecien la historia, que rechacen la riqueza espiritual y humana que se fue transmitiendo a lo largo de las generaciones, que ignoren todo lo que los ha precedido” (n. 13), así las personas son fácilmente manipulables y pueden ser dominadas (cf. n. 14). Los jóvenes necesitan conocer la historia en la que viven insertos y sentirse protagonistas de ella y no meras comparsas para llenar de contenido “expresiones como democracia, libertad, justicia, unidad” (n. 14) que se busca vaciar de significado.

También habla de los jóvenes a propósito de El descarte mundial (nn. 18-21). Esta vez, el Papa recuerda como los ancianos son “cruelmente descartados” (n. 19) y vuelve a insistir -como ha hecho en repetidas ocasiones- en la necesidad de acompañarlos; también, dice, para que los jóvenes no terminen privados “de ese necesario contacto con sus raíces y con una sabiduría que la juventud por sí sola no puede alcanzar” (n. 19). Los jóvenes pueden luchar contra la cultura del descarte de una manera muy concreta fomentando las relaciones entre las generaciones e interesándose por los ancianos para evitar que vivan en la soledad y el abandono.

Con ocasión de hablar de los Derechos humanos no suficientemente universales (nn. 22-24) el Santo Padre afirma que “los derechos humanos no son iguales para todos” (n. 22). Denuncia como en la práctica muchas personas sufren abusos de muchos tipos y, en particular, como las redes criminales “utilizan hábilmente las modernas tecnologías informáticas para embaucar a jóvenes y niños en todas las partes del mundo” (n. 24). Un uso adecuado de las tecnologías de la información y de la comunicación es muy útil para vivir la fraternidad; para ello, los jóvenes se deben formar para usarlas con responsabilidad y evitar ser manipulados.

Cuando el Papa habla de El valor de la solidaridad (nn. 114-117), destaca que los educadores y formadores en toda instancia “tienen la ardua tarea de educar a los niños y jóvenes, están llamados a tomar conciencia de que su responsabilidad tiene que ver con las dimensiones morales, espirituales y sociales de la persona” (n. 114). Los jóvenes tienen una apertura muy grande hacia el mundo que les rodea; todos los que tienen una responsabilidad educativa deben formarlos para vivir la fraternidad cristiana y la solidaridad con todos.

Por último, Francisco aborda el tema de los migrantes con el título Las ofrendas recíprocas (nn. 133-136) destacando la dimensión del don que son todas las personas y que “las historias de los migrantes también son historias de encuentro entre personas y entre culturas” (n. 133); por ello exhorta a los jóvenes a no caer “en las redes de quienes quieren enfrentarlos a otros jóvenes que llegan a sus países” (ibid.). El espíritu cristiano es universal y la fraternidad del cristiano abarca al que es extraño, diferente o lejano; de hecho, muchos jóvenes están empeñados en la acogida de migrantes y además las experiencias misioneras que hacen muchos jóvenes sirven para entrar en contacto con jóvenes de otros países y culturas.

Se puede apreciar de nuevo lo mucho que el Papa confía en los jóvenes a quienes entrega como programa cristiano y misionero la tarea de vivir insertos en la historia de sus pueblos y países, en relación con las generaciones que les han precedido y en concreto con las personas mayores, a utilizar inteligentemente las tecnologías y medios de información y comunicación, a educarse en la solidaridad con todos y en particular con las personas diferentes y los migrantes.