OMPRESS-CAMERÚN (25-05-20) Este sábado moría en el hospital de Bafoussam, el misionero javeriano Salvador Romano, después de dar su vida a la misión, como tantos misioneros y misioneras que han sido el rostro de Dios para sus hermanos. En su aparición en uno de los episodios de Misioneros por el Mundo, el misionero decía: “Éste ya es mi pueblo”, haciendo referencia al Chad donde estaba, “y allí está mi cementerio”, decía también, señalando el cementerio cercano, “donde si Dios quiere allí esperaré la resurrección junto con mis cristianos”. Dados sus problemas de corazón, desde septiembre de 2019, se encontraba en la comunidad de Filosofía de Bafoussam, Camerún, como padre espiritual, y desde allí le ha llamado el Señor.

Salvador Romano había nacido en Sant Feliu de Codines, diócesis de Vic, hace 74 años. Su primer destino misionero fue Burundi, al que marchó en el año 1977. Los javerianos, como el resto de los misioneros fueron expulsados poco a poco del país, entre los años 1979 y 1985. La comunidad de los javerianos de Burundi pasó a Chad, a la diócesis de Pala, sin abandonar su impulso misionero. Salvador recordaba con cariño aquellos primeros años en el Chad. Estaba en la misión Gounou Gaya, en medio de la etnia mouseye, una población agrícola. Fue una experiencia de primer anuncio, en una hermosa labor de transmisión oral del Evangelio. Y tuvo sus frutos. Al llegar había 300 cristianos, actualmente hay cerca de 6.300. Además se abrieron escuelas y se crearon dos dispensarios. Uno de los logros del que se mostraba más satisfecho fue la creación de cooperativas agrícolas y cajas de ahorros para los agricultores, que ayudaron muchísimo a esta población, en la que prácticamente no hay propietarios de tierras. Del año 92 al 2001 se le pidió que ejerciera en España como provincial de los javerianos, cargo que alternó con una gran labor de animación misionera.

Volvió de nuevo a Chad, a su querida diócesis de Pala. Le nombraron ecónomo de la diócesis y responsable de un centro contra el Sida, en la misma ciudad de Pala, aunque él quería ir como “sencillo peón”. Volvió a un país que sólo aparece en las noticias de Occidente por sus guerras y tragedias y se encontró a “sus” cristianos algo más viejos. Entre ellos ha pasado los últimos años de su vida, en una comunidad multicultural, donde sus compañeros javerianos son misioneros que vienen del Congo, de Bangladesh y de Indonesia, dejando aún más claro el carácter universal de la misión. Cuando visitó hace un par de años las Obras Misionales Pontificias decía que ser ecónomo de una diócesis como Pala, en uno de los países más pobres del mundo, era difícil. Hay que afrontar muchas necesidades, financiar escuelas, dispensarios, el centro de lucha contra el sida, mantener a los sacerdotes, ayudar a las hermanas misioneras, provenientes de África – las europeas consiguen financiación en sus países de origen – y muchos otros frentes… todo generaba deudas… pero él lo afrontaba con alegría y mucha confianza en Dios, porque sobre todo, Salvador, así lo saben los que le conocieron, era un hombre de Dios, que es lo que le hacía un misionero de los grandes, de los que Dios apunta con letras mayúsculas en el Libro de la Vida.