OMPRESS-SUDÁN (18-05-20) La misionera comboniana Albertina Marcelino sigue con su comunidad de Jartum, la capital de Sudán, trabajando por los más débiles en la Maternidad de St. Mary, el lugar donde Comboni, el gran apóstol de África, realizó un milagro en 1997.

Albertina Marcelino es mozambiqueña y trabaja como enfermera en esta maternidad de Jartum. En el vídeo, que ha hecho llegar a las Obras Misionales Pontificias, cuenta que la mayoría de la población de Sudán, con el confinamiento total por el coronavirus, está en una situación muy precaria. Cada día muchas personas se presentan en la maternidad pidiendo comida o incluso trabajo. Ellas mismas, cuenta la hermana Albertina, también están teniendo dificultades para conseguir medicamentos.

Esta maternidad de St. Mary la fundaron las Misioneras Combonianas en 1962 y, desde entonces, cada día, en ella se ha atendido a mujeres necesitadas, sin importar origen, nacionalidad o religión. Sudanesas del Sur, eritreas, etíopes… Con 300 partos mensuales, con niños en la sala de cuidados intensivos, con innumerables consultas de maternidad, son muchas las necesidades, pero las hermanas lo que quieren es ser reflejo de ese amor de Dios que las llevó a abandonar su tierra para ir a Sudán. Ayudan, con milagros de cada día, a que estas madres y sus hijos reciban el mejor tratamiento posible, aunque sean pobres.

Fue en esta maternidad donde tuvo lugar un milagro de esos de libro. Fue el 11 de noviembre de 1997. En la maternidad una madre que acababa de dar a luz, se desangraba y, mirando a la hermana que la atendía le decía una y otra vez: “Ayúdame”. Aquella hermana era Maria Bianca Benatelli, una de las predecesoras de la hermana Albertina en esta misión. “Entonces”, escribía aquella hermana, “sentí lástima por esa madre que se estaba muriendo, dejando cinco pequeñas criaturas en el mundo”. Si hubiera sido cristiana, habría llamado a un sacerdote para los sacramentos, pero aquella madre era musulmana. La hermana Maria Bianca se acordó de Comboni, su fundador. Él, el primer obispo de Jartum, el enamorado de África, el que murió de agotamiento y fiebre en aquella ciudad, él fue quien llevó a las Misioneras Combonianas a Jartum. “Mira, solo tú puedes hacer algo ahora… no hay nada más que hacer… ¡Sálvala, no la dejes morir!”.

Aquella madre se había sometido a una cesárea para el nacimiento de su quinto hijo. La operación tuvo lugar a las 7.30. El bebé nació, pero la mujer, en la tarde del mismo día, se estaba muriendo. “Hemorragias muy graves causadas por un sobrecrecimiento de placenta antecedente”, decía el parte médico, por el que la mujer se sometió a otras dos operaciones quirúrgicas, una tras otra, en un intento de parar la pérdida masiva de sangre. Pero, inmediatamente después de la segunda intervención, los médicos se dieron cuenta de que la sangre no se estaba coagulando y que las numerosas transfusiones no estaban ayudando en absoluto. En términos técnicos, como lo atestiguan los informes clínicos, “se determinó un CID (coagulación intravascular diseminada) y fibrinólisis con el consiguiente shock hipovolémico irreversible, colapso cardíaco y edema pulmonar”. No se podía hacer nada.

Tanto aquella madre, antes de perder el conocimiento, como su marido, musulmanes estrictos, dieron su consentimiento para que se rezara a Comboni por ella. Comboni además era al único al que podría nombrar la hermana. En Sudán es conocido por todos, también por los musulmanes. Todos los misioneros comenzaron a rezar. El médico católico que había operado a la señora Lubna y los tres obstetras coptos fueron con las hermanas a la capilla del hospital. Aunque se esperaba el inevitable final, la mujer no murió y pasó la noche, aunque sin recuperar la conciencia. Por la mañana, los médicos se sorprendieron de encontrarla con vida, y ni siquiera murió en la tercera operación a la que la sometieron intentando desesperadamente salvarle la vida. Contra todo pronóstico, aquella madre recuperó la conciencia y, en muy poco tiempo, se recuperó, tanto que después de unos días fue dada de alta, completamente curada. Dos médicos musulmanes también examinaron a la mujer después, y su informe también fue categórico y se añadió a las actas del proceso. Sí, del proceso, porque este milagro se incluyó en el proceso de canonización del ahora San Daniel Comboni. Un caso excepcional en las “Causas de los Santos”, un milagro que le sucedió a una persona de fe musulmana. Las hijas de este santo, las Misioneras Combonianas, siempre han seguido sus pasos, con milagros de cada día, sin importar fe y nacionalidad.