OMPRESS-ROMA (30-11-18) “Dado en Roma, en San Pedro, el 30 de noviembre de 1919, sexto año de nuestro pontificado”, así concluía, hace 99 años, la carta apostólica Maximum Illud del Papa Benedicto XV, que nuestro actual Papa Francisco considera de vital importancia para entender estos últimos cien años y dar un nuevo impulso a la vitalidad misionera de la Iglesia.

Muestra del reconocimiento del Papa Francisco es que para celebrar el aniversario de este documento ha convocado un Mes Misionero Extraordinario para Octubre de 2019. Un acontecimiento cuya preparación comienza precisamente hoy con la presentación en Roma de las actividades que llevarán a esta cita misionera. Y es que, como dice el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium, “la salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia”.

El Papa Benedicto XV, hoy hace 99 años, inspiró lo que ha sido considerado por muchos el “siglo de las misiones”. Se publicó en un momento especialmente poco propicio para hablar de misiones. Acaba de terminar la Primera Guerra Mundial, se había apagado considerablemente el fervor misionero, como consecuencia de la decepción de la gran tragedia de la guerra y de factores que llevarían después a una nueva guerra mundial. Por otro lado, los países “de misión” eran conscientes de que no eran sino colonias occidentales, con la dificultad para separar evangelización y colonialismo. Los jóvenes que habrían engrosado las filas de los misioneros estaban encuadrados en ejércitos.

De ahí la importancia de los trazos que aquella carta del Papa Benedicto XV tuvo empezando por la promoción de las vocaciones en las tierras de misión, lo que llevaría a que en unos 20 años se consagraran los primeros obispos y la evangelización comenzara a pasar a las religiosas, religiosos y sacerdotes nativos. Y aunque las mujeres jamás habían dejado de estar presentes en la evangelización, el documento plantea una apuesta decidida por la vocación misionera femenina. Son muchas las congregaciones misioneras de religiosas que nacerían en aquella época.

Además, Benedicto XV rompe con la misión particular para pasar a una visión de la misión universal. Hasta aquella fecha, al encomendar un territorio a una institución misionera, se tendía a hacer un mundo aparte, con misioneros propios, recursos propios y logros propios: “Quien se precie de ser lo que su nombre de misionero católico significa, teniendo siempre ante los ojos que su misión es embajada de Jesucristo y no legación patriótica, se conducirá de modo que cualquiera que examine su proceder, al punto reconozca en él al ministro de una religión que, sin exclusivismos de fronteras, abraza a todos los hombres que adoran a Dios en verdad y en espíritu”.

Esta responsabilidad universal encuentra su coronación, según aquel Papa enamorado de las misiones, en el impulso a las Obras Misionales, que en aquel entonces se convertían en Pontificias. Con su impulso se superaban los particularismos para dar paso una perspectiva global, católica y universal en el que toda la Iglesia ayuda a toda la Iglesia.

 

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