JESÚS NIÑO, CENTRO DE LA INFANCIA MISIONERA

Rafael Santos

Director de Illuminare

En 2018 Infancia Misionera cumple 175 años de vida y de originalidad absoluta. La primera institución —con más de un siglo de diferencia— dedicada específicamente a la infancia de todo el mundo, sigue siendo la única iniciativa de este tipo que no solo es “para” los niños, sino también “de” los niños, con ellos como protagonistas.

El lugar activo que la Obra reconoce a los niños apunta ya a la dimensión misionera: si ellos pueden desempeñar este papel es porque, en su inocencia, no levantan barreras a la acción del Espíritu Santo, el “protagonista de la misión” (RM 30). Es Él quien pone sus inspiraciones en los niños, para hacerles, como por delegación suya, “pequeños protagonistas de las misiones” (Estatuto de las OMP, art. 13c).

La vigencia y la singularidad de Infancia Misionera serían incomprensibles sin el carisma que está en su base y que se expresa en la denominación original de “Santa Infancia” que le dio su fundador, Mons. Forbin-Janson, en 1843.

 

Una clave teológica

La Santa Infancia que da nombre a la Obra es, evidentemente, la de Jesús. Esto nos proporciona una clave teológica fundamental: la infancia de Cristo es un “espacio” privilegiado para adentrarse en el misterio de la Encarnación, incorporarse a la persona del Redentor y participar en su amor salvador.

Este es el eje de toda una propuesta de formación en sentido universalista. Con un juego de palabras, podría decirse que la “infancia” se vuelve “Infancia Misionera” por participación en la “Santa Infancia” de Jesús, el primer misionero. En los albores de la Obra, esta realidad se “visualizaba” organizando a los niños en grupos de doce, evocando los doce años de la infancia del Señor.

Poner en el centro a Jesús Niño no es, pues, una mera adaptación pedagógica. Se trata de contemplar los misterios de la vida oculta en su profundo sentido misionero e iluminar desde ellos todo el ámbito de la infancia: “Cuando nació en Belén el adorable niño de dos naturalezas, Hijo de Dios e Hijo del hombre”, escribía Forbin-Janson, “su naciente humanidad parecía consagrar ya la primera edad de la vida, haciendo amable a la infancia y cubriéndola con el dulce reflejo de su propia gloria”.

El Verbo, que se encarnó en un Niño, se nos presenta ahora encarnado en todos los niños (cf. Mt 18,5). Quien, siendo Dios, se humilló hasta experimentar la dependencia propia de los pequeños, invita ahora a estos a depender de Él con total confianza, a seguirle, a ayudarle a salvar a todos los niños del mundo y a remediar, desde el amor, sus carencias. En esos hermanos suyos necesitados podrán descubrir, efectivamente, “el rostro mismo de Jesús” (Estatuto, art. 15).

 

La dimensión bautismal

En Infancia Misionera, los pequeños experimentan que el Hijo de Dios habla como Niño a su corazón de niños, y descubren que participar de esa hermandad con Él como bautizados es su gran tesoro; un tesoro para ser compartido y del que carecen esos otros pequeños que aún no han conocido a Jesús. La gracia del bautismo se manifiesta así con sencillez como la necesidad primordial de toda persona, pues remite a la dignidad de su filiación divina y pone el amor en el centro de la fraternidad universal.

Es significativo que fueran las noticias de los misioneros en China sobre los niños y niñas abandonados o asesinados sin poder recibir el bautismo las que llevaran a Forbin-Janson hasta la inspiración de fundar la Obra. También, el que en los orígenes las familias procuraran inscribir a los pequeños en la Santa Infancia el día de su bautismo, dando una limosna para ayudar a que otro niño pudiera recibirlo. Todo ello hace patente el lazo entre dicho sacramento y la fe compartida por el anuncio misionero: ambos son un don para el individuo (lo recibo “yo”), pero una gracia para la humanidad (no la recibo “para mí”, sino para todos mis hermanos).

Con esta clara identidad evangelizadora, Infancia Misionera mantiene el anhelo de su fundador: “Esperamos que alcanzará la protección del Cielo esta Obra que se presenta a sus bendiciones tan pura y desinteresada, en la que se hallan reunidas la inocencia de la oración, la multitud de los sacrificios y la importancia de los resultados”.

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