OMPRESS-INDIA (05-06-19) Entre los “Testigos misioneros” presentados para el Mes Misionero Extraordinario del próximo octubre, está la Mary Glowrey, doctora, religiosa y misionera australiana, en proceso de beatificación.

La Sierva de Dios Mary Glowrey JMJ nació en Birregurra, en el Estado de Victoria, Australia, en 1887, de padres católicos de ascendencia irlandesa, tercera de nueve hijos. Fue especialmente brillante en los estudios: sobresalía en muchísimas materias, sobre todo, en las humanísticas y en los idiomas, pero acabó estudiando medicina. De hecho, comenzó una Licenciatura en Artes en la Universidad de Melbourne en 1905 pero, después de una larga oración y el respaldo de su padre, Mary se pasó a la Facultad de Medicina, licenciándose en Medicina y en Cirugía en 1910. Mary, después, ampliaría sus conocimientos con estudios en obstetricia, ginecología, oftalmología y otorrinolaringología. Trabajó en el Hospital St. Vincent y en el Royal Victorian Eye and Ear Hospital de Melbourne. El 24 de octubre de 1915, Mary leyó una publicación sobre la vida de Agnes McLaren, una doctora escocesa que se convirtió al catolicismo ya mayor, pionera de la medicina misionera. La publicación hablaba sobre la terrible tasa de mortalidad entre los niños en la India y sobre la desesperante necesidad de misioneros médicos: aquella lectura cambió radicalmente la dirección de su vida. Mary Glowrey recordó años después que comenzó a leer aquella publicación por curiosidad ara terminar arrodillada, convencida de que Dios la estaba llamando a la India. En 1920, a la edad de 33 años, Mary puso fin a su floreciente carrera como especialista en otorrinolaringología y, abandonándose por completo a la voluntad de Dios, partió hacia la India para convertirse en una médico misionera. Allí se unió a la Congregación de Jesús, María y José, una orden holandesa que había sido invitada a la India para mejorar la asistencia sanitaria a las mujeres. Durante sus años de formación religiosa, nunca trabajó como médico, pero ayudó en el dispensario y estudió dos nuevos idiomas: el holandés, el idioma de la congregación, y el telugu, el idioma indígena local. Sor Mary regresó a su profesión como médico, tras su profesión religiosa, recibiendo un permiso especial del Papa para hacerlo, ya que a los religiosos no se les permitía trabajar como médicos hasta 1936. La hermana Mary Glowrey dedicó su vida a cuidar de los enfermos y a brindar consuelo a los afligidos. Recibía a incontables pacientes que acudían a ella para tratarse, e incluso quienes carecían de transporte alguno recorrían para verla largas distancias desde sus remotas aldeas. Además, el celo indomable de la hermana Mary llegaba hasta los enfermos acurrucados en sus pequeñas chozas

En 1925, la hermana Glowrey fundó el hospital de San José: un año después, leemos en los registros, había 90 pacientes ingresados y habían sido tratados 44.180 pacientes, siendo ella la única doctora. La hermana Mary formó a parteras, fundó dispensarios e instruyó a nuevas enfermeras, tanto entre las hermanas como entre las mujeres locales, visitó aldeas para llevar atención médica a los que no podían trasladarse y siguió en la enseñanza y escribiendo artículos, profundizando también en el estudio de los remedios tradicionales.

En 1943, la hermana Mary fundó la Asociación Católica para la Salud de la India (CHAI) que atiende cada año a más de 21 millones de personas en la India. La hermana Mary Glowrey fue un modelo de fe y abandono en Dios, de sincera humildad y sencillez serena: los pobres eran las personas a las que había elegido servir y los pacientes incurables tenían un lugar especial en su corazón. Su vida fue un holocausto, como lo fue también la enfermedad que la llevó a la muerte. Murió el 5 de mayo de 1957 con las palabras “Jesús, María y José y mi Jesús, te amo”. Sus restos mortales fueron enterrados en Bangalore. Monseñor Ignatius Mummadi, obispo entonces de Guntur, afirmó: “La hermana María fue una criatura especial de Dios y un alma grande que abrazó el mundo entero”.

Hoy, la hermana Mary Glowrey es venerada por muchos y su legado sigue dando frutos en la India. Su vida se caracterizó por una extraordinaria humildad, por el deseo de cumplir la voluntad de Dios y por la devoción al Espíritu Santo. Solo a través de estos tres rasgos es posible entender su compromiso misionero, las grandes obras que llevó a cabo, los desafíos que afrontó y superó y, también, cómo pudo tener, al mismo tiempo, celo y desapego en su compromiso misionero. Mientras se enfrentaba a obstáculos aparentemente insuperables, como hambrunas, sequías, dificultades causadas por la Segunda Guerra Mundial, recursos económicos insuficientes y burocracias impenetrables, la hermana Mary siempre recordaba que el trabajo que llevaba adelante no era solo suyo, sino también obra de Dios.