OMPRESS-MYANMAR (17-11-20) Nu Moe es una niña de una aldea remota de Myanmar. Acogida en un pequeño internado de una parroquia cercana a la escuela puede seguir su vida escolar y romper con el círculo de pobreza en el que se ven arrastrados tantas niñas y niños como ella. Estos internados gestionados por religiosas, las “boarding houses”, son en Myanmar nada menos que 400 y es práctica habitual que muchos padres confíen sus hijos que de otra forma perderían su educación. Y es a ellos a quienes va destinada la casi totalidad de las ayudas que la Obra Pontificia de la Infancia Misionera envía a Myanmar.

Durante más de 60 años, Myanmar ha vivido una guerra que ha causado una gran pobreza. El dinero que se dedica a la guerra, no se dedica a la paz, por lo que hay graves carencias, entre otras cosas, en vías de comunicación. Las dificultades de desplazamiento las sufren en lugares como la pequeña aldea del sur de Myanmar, donde vive Nu Moe Htwe. Su pueblo está en una zona de humedales, con el suelo cubierto de agua poco profunda, un terreno perfecto para cultivar arroz. El padre de Nu Moe es pescador, aprovechando los ríos que rodean la aldea. Aunque es un buen lugar para cultivar arroz y pescar, las tormentas y las inundaciones que se producen todos los años hacen que la aldea de Nu Moe no sea un lugar fácil en el que vivir. La familia de Nu Moe es muy pobre. Además la escuela más cercana está a muchos kilómetros de distancia, a unas tres horas y media de viaje, lo que haría imposible que Nu Moe acudiera.

Por eso Nu Moe lleva años viviendo, durante la semana, en uno de estos internados. Las hermanas que llevan adelante la “boarding house” donde vive Nu Moe crean un hogar en el que ella y sus amigos se sienten cuidados y amados. La hermana Mary, del boarding house de Nu Moe, les hace el desayuno, les ayuda a prepararse para ir al colegio todas las mañana. También les echa una mano en sus tareas escolares, cuando vuelven tras una jornada de clases. Sin la hermana Mary y las otras religiosas sería imposible que Nu Moe tuviera una educación.

Desde la nacionalización de los colegios que llevaban las misioneras y misioneros en Myanmar, que tuvo lugar a principios de los sesenta, y la prohibición de la educación católica, la Iglesia del país se volcó en crear las “boarding houses”, que rompieran la brecha educativa entre las poblaciones urbanas y las zonas remotas y aisladas, apoyando a los niños más pobres y vulnerables, que deben estudiar en escuelas estatales, lejos de casa. Infancia Misionera lleva ayudando a estos hogares sesenta años, gracias a la generosidad de tantos fieles católicos, gran parte de ellos niños, que colaboran con su pequeño donativo en tantos lugares del mundo. No son necesarias sumas astronómicas, porque los padres de los niños, aunque pobres colaboran como pueden, aún así se necesita dinero para alimentación, libros, medicinas… Todo ayuda. De hecho, los internados suelen tomar el nombre de la parroquia cercana, así que resulta conmovedor pensar que las hermanas no están solas cuidando a los niños. Con ellos están también San José, Santa Bernadette, Santa Teresa…