Son muchas las actividades previstas por Obras Misionales Pontificias (OMP) para los próximos meses que han tenido que ser canceladas a causa del coronavirus.

En mayo, el Consejo de Comunicación, el Consejo Nacional de OMP y la Asamblea de Delegados de Misiones. Este mes se ha suspendido también la Asamblea de Roma, que reúne anualmente a los directores nacionales de las OMP en todo el mundo.

Siguiendo con nuestro país, en junio, no se realizará el el Consejo de Jóvenes y tampoco el primer Campamento de Infancia Misionera en Javier.

En julio, se ha tenido que suspender el curso de evangelización organizado por la Facultad de Teología de San Dámaso en Segovia y la Semana Española de Misionología de Burgos.

Y en enero del próximo año, ya no podrá hacerse el Encuentro Continental de sacerdotes de la OCSHA, que iba a tener lugar en Perú.

Nada de esto podrá realizarse…

Cuando nuestro director nacional, el padre José María Calderón, nos notificó estas medidas extraordinarias, los que trabajamos en las OMP de España sentimos una pena muy grande. Al ver esta fría enumeración de cancelaciones, donde debía haber actividades llenas de gente, de ideas, de bullicio…, la tentación de la tristeza nos ha jugado una mala pasada. Pero solo durante unos instantes.

Porque este “negativo” de las actividades canceladas es como esos dibujos que solo quedan perfilados al pintar el fondo en negro. Esta nueva visión de las cosas, nos permite valorar el ingente trabajo de animación misionera que se hace de forma continua en nuestro país, y que, “en la normalidad”, solemos valorar sobre todo por los números. Al aceptar que no podremos realizar todo eso que teníamos programado, nos hemos podido fijar en lo esencial, al margen del “éxito” de los resultados, y nos hemos sorprendido. Ese coronavirus “invisible” nos ha ayudado a aguzar nuestros sentidos para captar lo que no salta a primera vista.

Y visto así…

El Consejo de Comunicación nos hace tomar conciencia de cuánto y qué bueno es eso que tenemos que comunicar: la Buena Noticia, encarnada en miles de buenas noticias misioneras que iluminan nuestro mundo y nos mueven a no quedarnos indiferentes ante las necesidades del otro.

El Consejo Nacional de OMP ha resultado ser una puesta en común del trabajo de animación misionera que se realiza en las distintas zonas, destacando los acentos de cada uno; acentos que se ponen al servicio de todos en un mosaico único, cuya belleza es, precisamente, la suma de todas las partes.

La Asamblea de Delegados de Misiones es un precioso acontecimiento de comunión eclesial y una fusión de sentimientos misioneros, donde el responsable de la animación misionera en cada diócesis carga las pilas para un año de duro trabajo.

El Consejo de Jóvenes expresa la esperanza puesta en ellos, que son el presente y el futuro de la misión, y cada año se renueva con la presencia de chicos y chicas llegados de toda España, con una vitalidad misionera sorprendente.

Suspender el primer Campamento de Infancia Misionera, surgido del deseo de cultivar cuanto antes en los niños la pasión por la misión y la apertura de miras, ha resultado un poquito más difícil de aceptar; pero solo hemos pospuesto la ilusión de esa “primera vez”, que se mantiene ahora con toda su frescura.

Las actividades formativas de verano se nos han mostrado como una oportunidad para dedicar “un tiempo de calidad” (que tan caro se cotizaba antes del coronavirus) a encontrar el fundamento teológico a la actividad misionera. Y nos ha hecho valorar más a las personas que aprovechan sus vacaciones para formarse, porque se toman muy en serio la misión, y son conscientes de que esta no se improvisa y tiene “sus reglas”.

Finalmente, el Encuentro Continental de Sacerdotes de la OCSHA, al que iba a acudir el padre Calderón en su condición de director de OMP y del Secretariado de la Comisión Episcopal de Misiones, es un signo elocuente del cuidado “maternal” que nuestra Iglesia en España quiere ofrecer a nuestros hermanos de Hispanoamérica, y muy especialmente a estos sacerdotes misioneros que comparten preocupaciones y esperanzas en esos pueblos tan queridos.

Nada de esto se podrá realizar este año

Pero, cuando Dios quiera que podamos reanudar todas nuestras actividades, lo haremos con la alegría del reencuentro entre nosotros y con “nosotros”, con lo más interior de nosotros mismos. En esa profundidad en la que hemos podido sumergirnos un poco más, gracias a este parón, nacen todas nuestras acciones. Sin la creatividad que suscita el Espíritu creador, todo sería un fatuo artificio; con su presencia, todo se convierte en una nueva ocasión de alabanza a Dios y servicio a los hermanos.

Ya queda menos para volver a empezar. ¡Adelante!