OMPRESS-KENIA (21-02-18) María José Vila es una misionera valenciana que desde hace años vive en Kenia. Es religiosa contemplativa, de las Agustinas Recoletas. Su convento se encuentra en la diócesis de Machakos-Makueni. Como cuenta ella misma a la agencia de noticias AVAN, el convento fue construido en una zona muy seca, donde les dijeron que había agua, pero no había forma de encontrarla.

En 2011, en una carta que envió la misionera a las Obras Misionales Pontificias hablaba de la situación, un poco delicada, de la falta de agua: “Vivimos en una zona árida, sin agua, ya llevamos excavados 8 pozos, y todos sin agua excepto uno que da poca y salada, ahora hemos hecho un aljibe en el río seco y de allí canalizamos el agua desde 2 Km. y medio por debajo de la tierra hasta nuestro monasterio, imagínense, como vendrá esa agua del río donde va toda la basura, pero… agua es; tenemos en proyecto hacer una presa en la huerta para recoger el agua de la lluvia y poder cultivar algo pues así y todo es agua mejor que la del río, pero como todo, cuesta dinero y excede de nuestras posibilidades… No sé dónde tender mis manos en busca de algo de ayuda, no pido todo, algo, muchos poquitos pueden ayudarnos a tener agua, algo tan esencial para vivir”.

Finalmente, hace meses, “volvimos a perforar en busca de agua, contra toda esperanza, pero seguíamos confiando en Dios y al final lo hemos conseguido”. En el momento en el que salió el agua “estábamos todas las hermanas sentadas alrededor de la excavación, nerviosas porque era nuestra última oportunidad, y cuando vimos el agua abundante lloramos de alegría e, incluso, el ingeniero que hizo el proyecto técnico cayó de rodillas”, ha narrado.

Después de encontrar agua “tuvimos que completar la instalación con bomba, tuberías y tanques, algo en lo que hemos invertido todos nuestros fondos, y ahora por fin ha finalizado el proyecto del agua, toda una hazaña y un gran regalo de Dios”.

El agua del pozo “nos ha cambiado la vida, hemos conseguido la primera cosecha de verduras en la huerta y los alrededores del convento están completamente verdes”, según la misionera, que ha subrayado que “además podemos compartirla con el poblado, porque somos conscientes de que el agua es un derecho que no se puede negar a nadie y menos aún en una zona desértica como ésta”.

En la actualidad la comunidad está formada por 18 religiosas, 16 de ellas nativas, una filipina y Mª José Vila, la responsable del convento, y todas ellas dedican la mayor parte del día a la oración y al trabajo, ya que elaboran albas y casullas “y también formas para consagrar”.

Precisamente han recibido ahora una ayuda, a través de la Fundación Ad Gentes del Arzobispado de Valencia, “para sufragar la compra de una máquina para hacer formas, ya que se nos estropeó una y sólo tenemos otra con la que no podemos responder toda la demanda de nuestra diócesis”.