OMPRESS-BANGLADESH (7-09-20) Las Obras Misionales Pontificias no han dejado de ayudar, año tras año, a la archidiócesis de Chattogram, la antigua Chittagong, cuyo obispo, un verdadero hombre de Dios, acaba de fallecer.

Resulta conmovedor el retrato que de él hace la revista Kontinente, de las Obras Misionales Pontificias en Alemania: “Hay personas con las que solo te encuentras unas pocas veces en la vida. Pero no olvidas estos encuentros. El arzobispo Moses Costa fue uno de ellos: un hombre amable, reservado…Lo conocí hace siete años en un viaje a Bangladesh. La casa del obispo en Chittagong estaba tan deteriorada que se mudó a una pequeña casa que había alquilado a una familia musulmana. Con los modestos medios de que disponía la diócesis, prefirió construir centros de salud, escuelas e internados. En el hospital, a tiro de piedra de la casa del obispo, nos mostró un pabellón dirigido por la Iglesia para niños desnutridos, cuyas madres también estaban aprendiendo allí cómo cuidar mejor a sus familias. La clínica ambulatoria estaba a cargo de médicos alemanes durante todo el año: médicos voluntarios de Alemania que trabajaron aquí de forma gratuita durante tres meses y que también brindaban atención médica a las personas de los barrios marginales”.

Por eso agradecía las ayudas que recibía de las Obras Misionales Pontificias, de Alemania y de todo el mundo. Cada año la diócesis ha recibido 31.000 dólares, que Mons. Moses Costa, dedicaba a las necesidades más urgentes. En cuanto a otros proyectos, los últimos en que se pudo colaborar con él fueron una residencia de sacerdotes en una parroquia, en una zona remota en Thanchi, y otra en Noakhali. Se trató de hacer casas donde antes había endebles construcciones de bambú, que apenas protegían de la lluvia.

“El obispo Moses Costa”, sigue el relato de la revista Kontinente, “que era miembro de la Orden de la Santa Cruz, siempre estaba junto a los pobres, independientemente de su religión. Pero sabía que tenía que tener cuidado. 400.000 católicos son una minoría insignificante en Bangladesh, un país musulmán con 160 millones de habitantes, y los musulmanes radicales han aumentado en estos años. En Navidad, el obispo solicitó protección policial para la catedral.

Aún así, no pudo ser detenido. En repetidas ocasiones viajó a Hill Tracts, una región montañosa en el sureste del país que estaba estrictamente protegida por el gobierno de Dhaka. Los pueblos indígenas allí, con los que estaba particularmente comprometido, son sistemáticamente reprimidos por el Estado y llevan décadas luchando por una mayor independencia. La policía, el ejército y el servicio secreto están omnipresentes y dificultan la vida de la Iglesia. Por nuestra seguridad, el obispo Moses nos acompañó personalmente al fotógrafo y a mí al área. Para no tener que llevarme mi pesada maleta, me había prestado su bolsa de viaje… ‘Mi trabajo está aquí’, decía. Le encantaba pasar la noche en los sencillos puestos misioneros, ir a las pequeñas escuelas de la iglesia o ir con la gente de las aldeas y hablar con ellos. Entraba descalzo a sus chozas después de quitarse las sandalias de goma frente a la puerta. La gente lo amaba por su sencillez y calidez. Confiaba en ellos y asignó a laicos de su diócesis a todas las tareas importantes que no requerían un sacerdote”.

Moses Costa fue un verdadero pastor. Murió el 13 de julio a la edad de 69 años por complicaciones del covid-19. Como dijo Maulana Amjad Hossain, un clérigo islámico de Chittagong, “Hemos perdido a un gran amigo”.