OMPRESS-CHINA (7-04-21) Hoy la Iglesia recuerda a la beata María Assunta Pallotta, religiosa italiana de las Franciscanas Misioneras de María, misionera en China, que partió a este país tras el ejemplo de siete mártires de su congregación. Antes de su muerte, de su celda salía un perfume maravilloso, por el que los chinos comenzaron a llamarla “la santa de los perfumes”.

Nacida en 1878 en una familia muy pobre, desde niña tuvo que trabajar para ayudar a su familia. Tras terminar su jornada laboral acudía siempre a la Iglesia, para pasar tiempo con el Santísimo. A pesar de su pobreza y la de su familia, siempre ayudaba a los ancianos necesitados del pueblo, sobre todo a su vecina que vivía en condiciones de pobreza absoluta, y a menudo compartía con ella su comida. Con veinte años dejó su pueblo para hacer Franciscana Misionera de María, quería marchar a la misión en China, para reemplazar a las hermanas mártires de esta congregación, asesinadas en aquellos años.

El 19 de marzo de 1904, Fiesta de San José, se embarcó desde Nápoles para llegar a China. Su destino era la aldea Tong-el-Ku, en la región montañosa de Shanxi, en el norte del gran país. Allí las Misioneras Franciscanas de María cuidan a numerosas huérfanas y colaboran con la labor de evangelización de los padres franciscanos. La actividad de María Assunta es ser enfermera y cocinera en la misión. A todos asombra su bondad de alma, su sencillez y su santidad. Tras el duro invierno de 1904 se extiende una epidemia de tifus que llega también a la aldea, y al orfanato y misión de las hermanas. La enfermedad se lleva muchas vidas, entre ellas las de varias religiosas. La hermana María Assunta intenta ayudar como puede, asumiendo la labor de sus hermanas fallecidas o enfermas, pero pronto ella cae gravemente enferma. Pasan los días, y sube la fiebre. El 7 de abril fallece. En el mismo instante en que fallece, el padre Benvenuto, el fraile franciscano que ha venido para los últimos sacramentos de la enferma, las hermanas y seis colaboradoras chinas que están en la habitación notan algo extraño: un perfume llena la estancia. Los testigos dicen que la fragancia era suave, deliciosa, y se esparcía como en oleadas suaves, como una mezcla de perfume de violentas e incienso, pero sin ser “ninguno de los dos”. El franciscano lo comenta con la superiora y la vicaria de la comunidad: “Es necesario anotar con cuidado todo detalle relativo a esta pequeña hermana”, murmura.

La muerte de María Asunta parece convertirse en una fiesta que se contagia a las hermanas y a las huérfanas, a los cristianos, y también a los no cristianos de la aldea, que invaden la casa para “ver el milagro”. El perfume se renueva y envuelve a todos. Durante tres días se renueva el extraño fenómeno. El funeral de la hermana, el día 9 de abril, es una serena procesión de gente que, hasta hacía unos días, no se había percatado siquiera de la presencia, incansable y trabajadora, de la monja, que desde hacía un año vivía en Tong-el-Ku. Muchos de los que acuden no son cristianos. A mediodía, cuando vuelven del cementerio a la casa, las hermanas siguen percibiendo el perfume que permanece hasta el día siguiente.

La última palabra de Sor María Assunta Pallotta fue en chino y en italiano: “¡Shèng tǐ, Eucarestia!”. Porque desde pequeña y ya como religiosa, nunca ha faltado a su cita diaria con la Eucaristía, recibida cada mañana y adorada una hora al día: “Se quedaba inmóvil, toda absorta en Dios, y en un recogimiento tal que parecía que había perdido el uso de los sentidos”, recordaban sus amigas de niñez. Porque, en definitiva, les solía decir la fundadora de las Franciscanas Misioneras de María, la Madre María de la Pasión, a quien conoció María Assunta, “Jesús es el gran misionero de nuestro instituto”.