OMPRESS-BRASIL (4-05-20) La comunidad de las Franciscanas Misioneras del Divino Pastor en Brasil, en la frontera con Venezuela y Guyana, vive junto a los refugiados venezolanos la crisis humanitaria que sufren huyendo de su país. “Queremos compartir la alegría de vivir para Dios y con las personas más pobres de los pobres en el quinto país más grande del mundo: Brasil”, cuentan las hermanas, fundadas por la beata catalana María Ana Mogas. Cuentan cómo, “escuchando el clamor de los pobres”, en febrero de 2019 iniciaron una nueva fundación, con la apertura de la comunidad en la ciudad de Boa Vista, en el estado y diócesis de Roraima- Amazonas.

“Desde el inicio optamos por estar en esta ciudad, en el extremo norte de Brasil, frontera con Venezuela y la Guayana Inglesa, enclavada en la realidad del Amazonas, con su realidad indígena y los clamores- signos de los tiempos- concentrados en un mismo lugar. Nunca se imaginaron, las hermanas que por allí pasaron por primera vez para visitar a nuestras hermanas de Venezuela, lo que allí verían en los rostros de tantas hermanas y hermanos venezolanos”. Hoy son cuatro las religiosas de la comunidad: Yolanda de Perú, Naima de Bolivia, Guadalupe de Venezuela y Sofía de España.

“Desde hace 3 años”, cuentan, “esta realidad de frontera se ha visto sobrepasada por la crisis humanitaria. La migración venezolana ha aumentado desde el año 2017, como lo evidencian las investigaciones realizadas por ACNUR. Actualmente se estima que salieron de Venezuela 4,5 millones de venezolanos. Las organizaciones que trabajan con los migrantes como OIM, ACNUR, entre otras, señalan que viven aproximadamente en Boa Vista 100 mil venezolanos, lo que representa alrededor de una quinta parte de los habitantes de Roraima. Actualmente en Boa Vista se cuenta con 13 abrigos (campos de refugiados), que albergan a más de 6.000 personas y la mitad de ellos son menores de edad. Todos los abrigos están supervisados por ACNUR y dirigidos por ONGs y otras Instituciones e Iglesias trabajando en red”. Pero muchos refugiados viven fuera de estos campos, en edificios precarios o abandonados, o simplemente en las calles. “En Boa Vista alrededor de 23.000 venezolanos viven actualmente en edificios muy dañados y más de 3.000 viven en situación de calle, en condiciones indignas, a la intemperie u ocupando lugares abandonados; una parte de ellos representados por migrantes indígenas y otros de nacionalidad haitiana”.

“En estos últimos años las personas que salen de Venezuela, la mayoría lo hacen forzadamente, por falta de alimentación, medicamentos, recursos económicos, trabajo y por las pocas oportunidades de seguir creciendo como seres humanos. Muchas familias salen porque ya no tienen qué comer, son perseguidos políticos. Llegan a la frontera alrededor de 600 personas al día, con desnutrición severa, enfermedades crónicas y en fase terminal. Mujeres embarazadas sin condiciones de atención. Normalmente son familias numerosas, que, o están todos aquí, o algunos se quedan en Venezuela esperando la poca ayuda que puedan enviar sus familiares”, relatan las hermanas. “En el acompañamiento a las familias hemos identificado que en Venezuela vivían en condiciones de vida de clase alta, con estudios o en condiciones de pobreza y al llegar a Brasil, concretamente a Boa Vista, todos son iguales, vulnerables, pues llegan sin nada para comenzar sus vidas de nuevo…y a una frontera también frágil, precaria, sin industria y con falta de medios sanitarios y educativos. Es importante mencionar que los migrantes venezolanos encuentran una barrera muy grande, en relación a la lengua portuguesa”.

Es un proceso de tránsito, “de dolor al abandonar su cultura, sus bienes materiales, sus vínculos sociales y familiares. Al llegar a Brasil no son entendidos, sufren xenofobia, tienen dificultad para encontrar trabajo y muchos padecen la explotación laboral y caen en redes de trata y trabajos infrahumanos. Dentro de este contexto tan fuerte, están los niños y adolescentes que representan un 45% .En su mayoría no están escolarizados y están expuestos a la prostitución, explotación laboral, trata, drogadicción y trabajo infantil. En estas situaciones vitales, se encuentran con soportes de acogida, de trabajo en red, desde el Gobierno de Brasil, las Instituciones no Gubernamentales y las distintas Iglesias y sociedad civil, todos trabajando desde la “Operación Acogida”; así es llamada y coordinada esta Misión, junto con el ACNUR. Esta red humanitaria trata de acoger, proteger, promover e integrar a nuestros hermanos y hermanas para una vida digna y plena. Con toda esta coordinación, con sus fortalezas y debilidades, sentimos en nuestra piel que esta crisis humanitaria nos desborda y nos hace sentir vulnerables, impotentes y nos hace repensar continuamente nuestra fe y humanidad. Es una situación de crisis humanitaria, en una frontera desconocida para el mundo y se ha visto ahora agravada por la terrible crisis global del Covid-19, que afecta a todos los habitantes que vivimos en esta frontera de Brasil”.

Por eso esta pequeña comunidad reconoce que, “en medio de lo que hacemos, lo esencial de nuestra vida y misión, lo que hace la diferencia es que nos sostenemos siempre en el amor y la pobreza hecha entrega de Cristo pobre, su abandono y su coraje en la entrega y la osadía de la caridad hecha misión”. Y recuerdan una frase del Papa Francisco para la Jornada Mundial del Migrante y Refugiado: “Se trata, entonces, de que nosotras seamos las primeras en verlo y así podamos ayudar a los otros a ver en el emigrante y en el refugiado no sólo un problema que debe ser afrontado, sino un hermano y una hermana que deben ser acogidos, respetados y amados”.