OMPRESS-ESTADOS UNIDOS (7-02-19) Ricardo Hinojal, agustino recoleto, cuenta la labor que realizan con los inmigrantes en la Parroquia de San Antonio de la localidad de Anthony, en Nuevo México, Estados Unidos. La parroquia trabaja desde hace meses con los peticionarios de asilo en Estados Unidos mediante un programa de su diócesis, la diócesis de Las Cruces, que tiene varias casas de acogida, entre ellas, la de Anthony. Son personas que solicitaron asilo o refugio en la cercana frontera entre Ciudad Juárez, Chihuahua, México, y El Paso, Texas, Estados Unidos.

Una vez hechos los primeros trámites, en caso de entrar en el programa de asilo, estas personas pueden entrar en Estados Unidos. Llevan medios electrónicos de localización – normalmente una tobillera – y deben dirigirse hacia algún lugar de Estados Unidos donde tengan parientes o conocidos. Desde que pasan la frontera hasta que pueden trasladarse junto a sus familiares, la Iglesia católica les da cobijo.

La página web de los Agustinos Recoletos recoge el testimonio de Ricardo Hinojal, que lleva años trabajando en las parroquias de esta Orden en los estados de Texas y Nuevo México, y que ahora pertenece a la comunidad de Anthony: “Todos hemos oído hablar de las caravanas que salen del triángulo norte de Centroamérica (El Salvador, Honduras y Guatemala) hacia Estados Unidos. El presidente Trump está empeñado en construir un muro en la frontera, mientras que los migrantes siguen empeñados en pasar la frontera. ¿Quién podrá en esta pugna?”, se pregunta este misionero, nacido en la localidad burgalesa de Padilla de Abajo.

La Parroquia de San Antonio acoge todos los lunes a 20 familias peticionarias del estatus de refugiado y de asilo. Por medio de un equipo de voluntarios, se les atiende en todas sus necesidades primarias – alimentación, higiene y aseo, vestido, techo – y se gestiona su viaje con sus familias, que suele darse en un margen máximo de 48 horas desde que llegaron a Anthony.

“El cambio por el que pasan al llegar a nuestra parroquia”, cuenta Ricardo, “es imposible de describir; es de 180 grados respecto a lo que han vivido hasta ahora. Todos los voluntarios se colocan a la entrada del salón, y al bajar las familias del autobús de La Migra (policía de fronteras), les dan un aplauso de bienvenida. Algunos lloran, otros nos se lo creen. Han pasado por tantas dificultades desde que salieron de sus hogares que les parece imposible lo que ven”.

Inmediatamente los voluntarios empiezan a ofrecerles toda clase de servicios y ayuda. El trabajo está muy bien organizado y en un par de horas las familias han comido, se han aseado, empiezan a ver como algo ya real reunirse con sus familiares o conocidos ya presentes en Estados Unidos y descansan en cama y, por primera vez en meses o incluso años, en un entorno seguro y pacífico.

“Las familias que recibimos”, continúa Ricardo, “suelen ser de un adulto con un niño. Solo en algunos casos vienen el matrimonio con un hijo o dos. Los menores de edad son la garantía de pasar la frontera, puesto que una de las condiciones suele ser que alguien reclame a esos menores en Estados Unidos”.

Todos van con sus tobilleras de localización electrónica. Cuando lleguen a su destino definitivo tendrán que presentarse ante un juez que dictaminará sobre su estancia en el país.

“Sus aventuras para llegar aquí han durado entre tres semanas y un mes, incluso hay casos de mucho más tiempo. Prácticamente todos han pasado por robos, violencias, extorsiones, engaños. Cuando duermen en Anthony, por primera vez sienten que pueden descansar en paz y tranquilidad. Por primera vez no dependen ni están cerca las mafias organizadas, cárteles, agentes corruptos. Nadie puede imaginarse cómo viven la victoria en esa primera noche con nosotros. Les pregunto si merece la pena pasar por tantos peligros, jugarse la vida, y me dicen que sí, pues todo eso que sufrieron en el camino y aún más ya lo estaban viviendo en sus países de origen”.