OMPRESS-COLOMBIA (3-04-19) La hermana Lucía García cuenta a OMPress lo que ha sido su vocación y su vida como misionera dedicada a los demás, de la que da muchas gracias a Dios:

“Soy una religiosa de la Congregación Hijas de Jesús. Mi nombre es Lucía García Ríos. Nací en un pueblito de la Provincia de Burgos en un hogar muy cristiano. Cuando tenía 10 años la familia nos trasladamos a Madrid. Allí conocí a las Hijas de Jesús y al contacto con ellas sentí la llamada del Señor. Ingresé en la Congregación el 21 de noviembre de 1952. A los pocos meses de emitir mis Primeros Votos recibí una llamada de la Madre General dándome el destino a una nueva fundación en República Dominicana. Quedé sorprendida, pero disponible al querer de Dios.

Como la nueva fundación era un Politécnico, me enviaron con otra hermana, también con el mismo destino, a conocer los talleres que teníamos en Málaga y así aprender algunas de las artes que se enseñaban allí. Me llamó la atención el bordado en tul y lo aprendí pronto y bien. Recopilé todo el material que pude para enseñarlo en mi nuevo destino. A finales del año 1955 viajamos a Santo Domingo.

¿Qué supuso en mi vida este destino? Un desgarrón muy grande. Por aquel entonces un destino al extranjero era para toda la vida. La despedida para siempre de mis padres, de mis hermanos y de mi patria supuso un dolor profundo y lloré en el avión. Al aeropuerto sólo me acompañó mi padre. Mis dos hermanas mayores habían ingresado en la vida religiosa, los otros eran pequeños y mi madre no tuvo valor para despedirme allí y me despidió en casa. Junto a este dolor, yo sentía la fortaleza del Señor y la seguridad de que Él estaba siempre conmigo y eso me daba valor. En Santo Domingo nos esperaban tres hermanas y con ellas viajamos a Santiago de los Caballeros, nuestro destino.

Todos los días nos trasladábamos al lugar de trabajo en un coche tirado por un caballo, era una Escuela Industrial. Tuvimos una gran acogida por parte de la Directora y profesoras y, entre ellas y nosotras creció una linda amistad. Al contacto con la gente iba experimentando y valorando su sencillez, su apertura, su acogida y el pueblo dominicano se iba adentrando en mi corazón. Pronto me sentí allí muy feliz. Cada año, al terminar el curso, colocábamos una bella exposición con los trabajos que habían hecho las alumnas, en un salón grande que nos prestaba la Gobernación. Esta exposición la visitaban muchas personas de Santiago y así nos íbamos dando a conocer.

Por aquellos años yo era profesora de bordado en tul y como las mujeres tenían que entrar en el templo con la cabeza cubierta con una mantilla o velo, las mantillas bordadas tenían mucha aceptación. Hasta para la nieta del Presidente Trujillo nos encargaron una mantilla blanca para la Primera Comunión que le cubría toda la espalda. Entre tanto, Trujillo mandó construir el gran Politécnico Nuestra Señora de las Mercedes y cuando estuvo terminado nos trasladamos a vivir en él porque allí nos hicieron la vivienda para las hermanas. Una vez instaladas y como el alumnado aumentó considerablemente, además de las clases de la parte técnica, se abrieron la Primaria, el Bachillerato y el Bachillerato Comercial.

Las alumnas eran todas de barrios populares y vivían distantes del Politécnico y las trasladaban en varios autobuses o guaguas. La comunidad fue aumentando porque hacía falta personal docente para esta obra tan grande y tan bonita. En Santiago viví muy contenta en Nuestra Señora de Altagracia, también Centro Oficial, como coordinadora de la Sección Primaria. Estando allí estudié una Licenciatura en Administración Educativa y la terminé con gran éxito.

El tiempo iba pasando… y en los 21 años que viví en república Dominicana, la consideré como mi segunda patria. Allí me sentí muy feliz y el Señor me dio sus dones y gracias a manos llenas, aunque no dejé de experimentar y sentir alguna cruz, porque nuestra vida es gozo y dolor y como dice nuestra Santa Fundadora “sin cruz no se va a ninguna parte”.

En septiembre de 1977 vine destinada a Colombia. Esta salida me produjo otro desgarrón; lo sentí mucho, pero acepté la voluntad de Dios. En este bello y querido país llevo 42 años trabajando en diferentes lugares y desempeñando distintos cargos. Esta labor la llevé en dos ciudades del país: Bucaramanga y Bogotá.

Tuve un intervalo de 4 años en Venezuela en una Casa de Ejercicios Espirituales de la Compañía de Jesús en Mérida. Es un lugar bellísimo y la pastoral que allí se hace es extraordinaria. Van grupos de toda clase de personas. Allí fui muy feliz. Después volví a Bogotá y mi labor consistió en preparar niños/as para la Primera Comunión, visitar enfermos a los que les llevaba la Comunión.

Ahora resido en Bucaramanga donde pasaré los últimos años. Tengo otras dos hermanas Hijas de Jesús; Una de ellas estuvo en Filipinas casi 30 años, después vino a Colombia donde reside actualmente en la misma comunidad que yo, está en silla de ruedas porque tiene una fuerte artrosis que la impide caminar. La otra está en Bolivia desde hace muchos años, feliz y realizada. Doy muchas gracias a Dios por la llamada que Él nos hizo a la cual supimos responder”.