OMPRESS-CAMERÚN (18-12-19) Las Misioneras Combonianas comparten el testimonio vocacional de la joven Lucía Fonts, ella también misionera comboniana, y que ahora vive esta vocación en Camerún:

“Me llamo Lucía, tengo 24 años y soy la mayor de cuatro hermanos. Mis padres son españoles pero yo nací en Holanda, aunque a los ocho años me vine a vivir a Barcelona. Mi primera vocación fue la de enfermera: acabé mis estudios de enfermería en el curso 2013-2014.

Los primeros ‘culpables’ de mi vocación, después de Dios, claro, fueron mis padres, que me transmitieron la fe con mucho cariño y empeño desde pequeña. Mi familia pertenece al Camino Neocatecumenal y fue en el seno de este Camino en que fui descubriendo la riqueza de compartir la fe con una comunidad creyente, me fui acercando a la Palabra de Dios y aprendí a ir aplicándola a mi propia vida.

Todo me fue llevando a preguntarme qué quería Dios de mí, pero no fue hasta que conocí a las Misioneras Combonianas, a la edad de 18 años, que no supe lo que era la vocación misionera. Con ellas comencé a participar de los encuentros de jóvenes con la motivación de realizar una experiencia en misión en África. Allí conocí quién era Comboni; su espíritu entusiasta y su inspiración del Plan para la Regeneración del África. Su lema ‘Salvar África con África’ me cautivó, y me ayudó también a vivir con más consciencia y plenitud esa breve estancia en Mozambique con las Misioneras Combonianas.

Esa experiencia fue un antes y un después en mi vida, pues me decidí a volver algún día, pero ya como profesional; descubrí la gratuidad con la que vive la gente sencilla y cómo ven a Dios con ellos en medio de sus dificultades. La fe de estas personas que encontré en Mozambique también me interpeló mucho.

Al año siguiente tuve la oportunidad de hacer un Erasmus en Irlanda, pero África seguía llamándome con fuerza, de manera que renuncié a ese intercambio por ir a visitar a una hermana que recientemente la habían destinado a Egipto. Permanecí dos meses con ella, en el Cairo y alrededores. Esa experiencia fue más fuerte, si cabe, que la anterior. Fue mi primer contacto con el mundo árabe. Me costó por la barrera del idioma y cultural pero fui descubriendo la belleza de la misión en un país de mayoría islámica. Allí las hermanas sólo podían hablar de Dios con su testimonio de vida, y eso les exigía vivir con mucha autenticidad su fe… ¡Pero qué belleza el compartir con otras religiones la amistad y la cercanía!

No lograba entender por qué había decidido ir a Egipto pues en ese entonces ni siquiera se pasaba por mi cabeza la posibilidad de ser Misionera Comboniana. De hecho, tuvieron que pasar varios años y miles de acontecimientos para finalmente aceptar el hecho de que la misión ocupaba un lugar privilegiado en mi vida y, que la forma en que sentía que Dios me llamaba a entregarme a ella era… del todo y para siempre. Cuando al fin lo acogí así como lo sentía, sentí una paz muy grande y esa fue la que me impulsó a dar el paso de entrar al postulantado.

A mis padres les planteé que quería entrar al postulantado alrededor del final del curso 2015, después de mi primer año trabajando como enfermera y tras un largo recorrido de discernimiento (2 años). La reacción de mi padre fue de gran alegría: ‘¡Por fin decides algo!’ y es que ellos sabían que tenía esta inquietud pero no acababa de lanzarme por ninguna opción. La reacción de mi madre, en cambio, fue de incredulidad: ‘Pronto cambiarás de idea’.

Cada día me siento más enamorada de Jesús y de la misión que me encomienda: Ser portadora del amor que Él me dio gratuitamente. ¿Puede haber una ocupación mejor en la vida? Para mí no. Así que sigo conociéndole mejor y tratando de acoger lo que venga día a día como lo mejor que Él tiene preparado para mí.

El pasado 14 de septiembre hice los votos religiosos en Quito, la capital de Ecuador, después de haber hecho dos años de noviciado, la formación para ser misionera comboniana. Y desde el día 9 de noviembre estoy en Camerún para estudiar la lengua. Estoy muy feliz y, al recordar a Comboni, la primera frase que me viene a la mente es aquella de ‘si tuviera mil vidas, todas serían para la Misión’”.