OMPRESS-REPÚBLICA DEMOCRÁTICA DEL CONGO (14-01-19) La misionera comboniana Mari Ángeles Arlandis Pellicer habla – en una entrada a su blog con el título “Caminar, vivir, aprender” – sobre la vuelta a su misión en el Congo, y sus ilusiones y “temores”, su perplejidad ante las noticias que vienen de este país al que ya entregó varios años de su vida:

“Ahora que regreso a la República Democrática del Congo me siento súper feliz, muy ilusionada… pero también siento como un cierto “temor”, porque sé que no encontraré nada de aquello que dejé cuando estuve por allí, ni tampoco las personas, porque ya han pasado muchos años, pero voy dispuesta a aprender, a vivir con la gente y compartir con ellos aquello que estén viviendo.

Anteriormente ya estuve en el Congo, fue mi primer amor, mi primera misión. En este país estuve siete años, en Kisangani cuando se iniciaba la casa del noviciado y después estuve en Isiro, Dungu, algún tiempo en Nangazizi. Era un momento de estar aprendiendo continuamente, porque por circunstancias me tocó hacer un poco de todo. Al inicio toqué temas sociales con minusválidos y la gente de la cárcel en Kisangani; de modo particular con los menores que estaban en la cárcel. Fue una experiencia muy fuerte pero al mismo tiempo muy bonita, porque realmente yo les hacía de mamá en muchos momentos. También trabajé en la promoción de la mujer, en el trabajo con los leprosos, en la parroquia en la formación de catequistas, las sesiones que se hacían, los grupos K. A. (Kizito Anuarite). Era realmente un trabajo muy bonito, porque cualquier cosa que organizábamos resultaba ser siempre extraordinaria. A veces nos íbamos de excursión con los jóvenes, caminábamos durante todo el día, nos llevábamos la comida que ellas habían preparado y era realmente una fiesta.

Después pasé al Chad donde estuve diez años. Allí realicé una experiencia completamente diferente. Aquí aprecié muchísimo el modo de trabajar de la diócesis. Se veía muy cohesionada, muy organizada. Cada uno tenía espacio para moverse libremente pero siempre dentro de un marco general. Se realizaban muchísimas asambleas tanto de desarrollo como de religiosas. Aquí puedo decir que vivimos lo que se anunciaba tanto en nuestros programas, es decir lo de ser ‘Iglesia-familia de Sarh’. Participábamos todos de todo, incluso en los momentos lúdicos y no solamente de trabajo. Eso hacía que todos los agentes pastorales estuviésemos muy unidos.

En mi vida he tenido también un tercer periodo de misión mucho más duro que llegó sin buscarlo. Fue la misión de cuidar de mis padres hasta el fallecimiento de ambos con bastantes años de diferencia. Me he sentido siempre muy en paz aun siendo consciente de que a veces me “pesaba” porque sabía que era una misión especial y que era una misión mía. El hecho de estar al cuidado de mis padres me enseñó a valorar que siempre se aprenden cosas, de un modo particular la gratuidad. Han sido años en los que he aprendido cosas sobre mí misma, sobre el modo en cómo reacciono ante ciertas dificultades. El ocuparme de mis padres en estos años ha sido realmente una experiencia que me ha dado mucha paz. Era consciente de estar ahí, de estar para ellos y estar a tope con ellos.

Ahora regreso a África y cuando miro la realidad según la presentan los medios de comunicación me quedo un poco perpleja porque todo se ve un poco negativo. Se nos presentan solo los problemas, las dificultades y de modo especial la corrupción que está en todos sitios, es verdad, pero que en estos lugares en los que hay miseria es una corrupción mucho más sangrante. Pero personalmente creo en las personas y creo en la formación. Creo que aunque las situaciones sean difíciles y malas, si las personas están equipadas para hacer frente a los problemas todo cambia.

Es verdad que muchas veces no podemos cambiar las situaciones que se viven, pero sí podemos incidir en la actitud y el modo de ver y de vivir esas mismas dificultades. Por eso pienso que realmente las cosas cambiarán cuando los políticos y la economía se decidan a ello. Creer en las personas, trabajar por educar a las personas a la responsabilidad, al bien común, es lo único que cambiará el mundo. Nosotras, como evangelizadoras, aportamos un elemento más, la fe en Jesucristo, compartir la fe y hacer emerger toda la bondad que cada persona lleva dentro y saber discernir juntos.

¡Lo dicho CAMINAR, VIVIR, APRENDER!”.

 

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