OMPRESS-ROMA (19-05-20) Missio Italia, las Obras Misionales Pontificias, dan voz a tres misioneros en África para no olvidar las amenazas ambientales, terroristas y pandémicas que amenazan la vida de millones de personas en el continente. Sea en el Cuerno de África y todo el Este de África, desde Sudán hasta Mozambique, o también en la región central, entre Níger y la República Centroafricana, siguen presentes y aumentan las amenazas a la vida.

El terrorismo yihadista, vinculado con el grupo islamista Al Shabaab – que ha mantenido prisionero a la cooperadora italiana Silvia Romano – se mueve desde hace años entre Kenia y Somalia, pero en los últimos meses una afiliación local mozambiqueña se ha afianzado cada vez más en el norte de Mozambique, en Cabo Delgado. La frecuencia y la virulencia de los ataques del grupo, que se hace llamar Ahlu Sunnah Wa-Jama, suscitan mucha preocupación entre los misioneros y en toda la Iglesia local. Mozambique es el epicentro de un resurgimiento armado muy bien organizado. El número de muertos ya llega al millar de personas. El obispo de Pemba, el misionero brasileño, Luiz Fernando Lisboa, en un vídeo, entra en los detalles de esta situación. “Al principio se decía que era un ‘enemigo sin rostro’, pero en ataques recientes ya se presentaron como Estado Islámico, sin embargo, tenemos muchas dudas sobre esta identidad. Puede ser que estén usando este nombre de manera instrumental”. Desde el 4 de octubre de 2017 hasta hoy, los ataques no se han detenido, sino que se han intensificado, explica Mons. Lisboa: “Al principio, los hombres armados estaban lejos del centro de la ciudad, en el norte de Cabo Delgado. Cuando atacaron un pueblo, la gente se refugió en la ciudad y los pueblos se vaciaron. Fueron ataques muy violentos: mataron, les cortaron la cabeza, quemaron casas. Desde enero de 2020 se han desplazado a Mocimboa de Praia, y en los últimos ataques usan uniformes”. Pero esto no es una guerra religiosa. “Los musulmanes de Mozambique se han distanciado desde el principio, escribiendo un documento de condena. Y, de hecho, en nuestra provincia nunca hemos tenido problemas de relación entre cristianos y musulmanes”, dice el obispo. Los terroristas reclutan personas en las aldeas y así se fortalecen. El desempleo y la falta de alternativas a menudo llevan a los jóvenes mozambiqueños a elegir el camino de los grupos armados.

En Níger se encuentra otro semillero de terrorismo yihadista, entre los más feroces y difíciles de controlar, ya que, en el triángulo de su territorio que rodean Mali, Burkina Faso, Benín, las fronteras prácticamente no existen. “Las fronteras de Níger son borrosas, de hecho no hay controles fronterizos”, explica el padre Mauro Armanino, misionero de la Sociedad de Misiones Africanas. El epicentro de la violencia es Tillaberi, un pueblo justo en la frontera con Mali, Burkina y Benín. Hace pocos días, veinte personas murieron en un ataque armado. “Lo que veo, desde aquí, desde el desierto de Níger, es una falta total de perspectiva y proporción por parte de Occidente. La gente aquí sufre una serie de causas estructurales, vinculadas a la vulnerabilidad alimentaria, al terrorismo yihadista, a la propagación de enfermedades que se vuelven fatales (la malaria ha causado más de 40 mil muertes)”, explica el padre Mauro. La pandemia de covid-19, tanto en Níger como en Mozambique, afortunadamente no se ha extendido muchos.

No hay que olvidar la plaga de langostas que llevan semanas invadiendo las tierras del Cuerno de África y de otras zonas del Este del continente. Un segundo enjambre – tras el de marzo – ha aterrizado recientemente en las regiones que cortan transversalmente Eritrea, Etiopía, Kenia, Somalia y Sudán del Sur. Según la FAO, 25 millones de personas corren el riesgo del hambre. Esta emergencia se suma a la generada por la pandemia de covid-19 que, sin embargo, en África – a excepción de toda la franja del norte de África y Sudáfrica – parece avanzar lentamente y está causando, por ahora, menos daño de lo esperado. Sin embargo, la FAO advierte que las dos emergencias juntas causan una “inseguridad alimentaria” sin precedentes y que es necesario proteger a las personas más vulnerables de cuatro amenazas simultáneas: conflictos, condiciones climáticas adversas, langostas del desierto y covid-19. El padre Renato Kizito Sesana, un misionero comboniano en Nairobi, Kenia, habla en una carta que las inundaciones, los deslizamientos de tierra y los colapsos, causados por las primeras lluvias están causando más daño que la pandemia – hasta hoy se han confirmado 50 fallecidos –. “Aquí los desastres naturales, causados por la insensatez y la codicia humana”, escribe el padre Kizito, “se suceden sin parar. Agravados por la explotación imprudente y criminal de los recursos naturales que las compañías internacionales han acelerado en las últimas décadas”.