OMPRESS-REPÚBLICA DEMOCRÁTICA DEL CONGO (22-05-20) La ciudad de Uvira ha quedado devastada por un terremoto o bombardeada, cuenta la hermana Delia Guadagnani, una misionera javeriana que intenta ayudar a las víctimas de una nueva tragedia. Uvira está en la provincia de Kivu del Sur, en la zona este de la República Democrática del Congo, en el norte del lago Tanganica. La última quincena de abril hubo inundaciones devastadoras que la dejaron en escombros. “Más de siete mil casas quedaron destruidas y 86.000 personas desplazadas viven en campamentos en lugares improvisados y en 14 escuelas establecidas para recibirlas”, explica por teléfono a las Obras Misionales Pontificias de Italia la hermana Delia, una de las cuatro misioneras javerianas que viven Uvira. “Necesitamos con urgencia liberar las carreteras de rocas, lodo y tierra acumulada. Se han desprendido crestas de las montañas que han caído sobre nosotros, como una avalancha”.

La misionera describe un escenario apocalíptico del que las autoridades locales están desaparecidas: “Digamos también que los socorros han sido muy lentos. Durante días, no se ha visto ni un soldado, ni un policía ni siquiera un agente de la misión de las Naciones Unidas”, añade. Se han prometido cosas pero hasta ahora, es la misma comunidad la que ha tenido que hacerlo “todo por sí misma; Usamos palas y manos para retirar cantidades enormes de tierra y barro”. 14.000 familias se han quedado sin casa y para ellas se han abierto las puertas de los edificios escolares y las iglesias, aunque también estos edificios se han visto dañados. “Hay 14 escuelas llenas de gente, pensad que en un aula viven 10 familias, al menos 100 personas”, cuenta la hermana Delia.

Ya no hay agua potable en Uvira, la gente va a por agua y a lavar la ropa al lago Tanganica, pero esta agua no es potable. “Puede hacerse potable pero no es la situación ideal”, señala la hermana. En África todo es tan imprevisible que incluso la imprevisibilidad de un virus como el covid-19 ha sido menos devastadora que en otras partes. “En abril estábamos preocupados por el virus – decía la misionera –, nos estábamos preparando para enfrentarlo y, en cambio, surgió otro peligro mucho mayor: el del agua. Así que dejamos a un lado las máscaras y nos defendimos del fango”.

La hermana Delia, que ha vivido en el Congo desde 1988, habla de algo normal allí. Tienes una emergencia, como el sarampión, que ha causado miles de muertos, y llega un enfrentamiento armado. O el Ébola, o los señores de la guerra, etc. Hace unos días se hacían públicas estadísticas de UNICEF que hablaban de 250.000 personas que han huido sólo de una provincia del Congo, Ituri, por la violencia allí desatada. La organización ha pedido 262 millones de dólares para ayudar a los niños de Congo. ¿Qué harían las cuatro hermanas javerianas de Uvira con esa astronómica suma? Las hermanas cuentan que, incluso para el nivel normal de tragedias en el Congo, la violencia de las tormentas ha superado todas las expectativas. Durante dos días seguidos, el cielo no hizo otra cosa que arrojar agua que superó los márgenes de los ríos, desbordando torrentes y dañando carreteras, tirando abajo montañas.

Estas poblaciones están acostumbradas a las inundaciones. Desde 1926, cada invierno, las lluvias devastan esta zona del Congo, pero “esta ha sido una de las peores. Y no termina aquí: ahora llega la estación seca, por lo que estaremos a salvo de las lluvias, pero el terror es que pueda llegar el cólera”. Las cuatro misioneras – además de Delia, están Genoveffa, Marceline y Nzigire, tuvieron que trasladarse al Centro Béthanie, que ayuda a niños discapacitados. Sus días son frenéticos y, por ahora, de volver a la escuela ni se habla. En la República Democrática del Congo no hay día sin emergencia.