OMPRESS-MOZAMBIQUE (23-04-19) La misionera comboniana Ruth Valencia Corozo cuenta en esta carta lo que ha sido la misión de las Combonianas en Mozambique. Una historia misionera de la que esta hermana ha sido protagonista:

“Las misioneras Combonianas estamos presentes en Mozambique desde 1954 en diferentes provincias del país, nuestra presencia ha enriquecido la Iglesia con el carisma Comboniano y ha contribuido al desarrollo del país. Para mí vivir como misionera en Mozambique, ha sido un dar y un recibir, una escuela de aprendizaje; las personas con las cuales he vivido me han enriquecido con sus dones y capacidades.

Llegué a Mozambique en 1990, y empecé a trabajar en el Norte del país en la provincia de Nampula, distrito de Memba, en la misión de Namahaca, con el pueblo ‘emacua’. La gente emacua es abierta, generosa, sencilla, respetuosa, acogedora, amigable, no les importa la condición social, la raza, o religión. Te acogen por ser persona, porque eres un ser humano. Un pueblo que sabe superar las dificultades sin perder la alegría, gente fuerte que lucha por una vida más justa y más humana cada día.

Trabajé como profesora en una escuela del gobierno y en la pastoral. Eran tiempos difíciles porque Mozambique vivía una guerra civil, entre el partido del Gobierno FRELIMO y el partido de la oposición RENAMO, pero gracias al Señor nunca nos faltó su ayuda y protección. La gente humilde nos protegía, nos cuidábamos mutuamente; fueron momentos de solidaridad y miedo compartido, lo que nos hizo fuertes y nos ayudó a reconstruirnos y a superar traumas.

Las misioneras Combonianas trabajamos en diferentes campos: pastoral, salud, educación y en la promoción y formación integral de la mujer, particularmente de las jóvenes, porque creemos que ellas pueden dar lo mejor de sí mismas en la construcción de una nueva sociedad, y en ella la mujer puede ocupar el lugar que le corresponde como madre, esposa, profesional y religiosa; una mujer consciente de sus derechos y deberes, capaz de educar y formar las generaciones futuras.

Frente a este desafío, como provincia damos prioridad a la educación y formación de las jóvenes. Tenemos en cuenta que la educación es unos de los pilares fundamentales para el desarrollo personal, social y cultural de las personas y de los pueblos. Por ello, en todas nuestras comunidades tenemos un internado (llamado ‘lar’), donde se hospedan jóvenes, para darles la posibilidad de estudiar y tener una formación humana, espiritual y cultural, cuidando los estudios.

En los últimos años se ve un cambio de mentalidad. Antiguamente las mujeres jóvenes solo veían el matrimonio como su futuro próximo; hoy muchas jóvenes no quieren casarse antes de terminar sus estudios, aunque la familia insista, ellas quieren estudiar, formarse y trabajar; para tener un futuro diferente.

Con mucha alegría y disponibilidad trabajé 14 años en la Escuela Politécnica Comunitaria Femenina junto a otras hermanas, lo hacía en colaboración con los laicos locales, profesores, padres de familia, encargados de educación, la comunidad civil y el gobierno.

Cada año hay un notable aumento de jóvenes que quieren estudiar en nuestra escuela, esta ofrece una educación de calidad, reconocida en todo el país; por eso las jóvenes quieren entrar en la ‘femenina’, como se la conoce. Al inicio de cada año escolar, muchas chicas no pueden entrar en la escuela porque no hay lugar para todas, el espacio es limitado, y la escuela es pequeña.

La escuela abre nuevos horizontes para las jóvenes, yo siento que esta misión de educar mujeres constituye un desafío para nosotras y al mismo tiempo es una obra de Dios y confirmación del sueño de Comboni, quien creía y confiaba en la presencia y capacidad de la mujer africana, para la transformación de la sociedad, porque ella es quien forma su familia, su pueblo, las generaciones futuras. Puedo afirmar como dice el proverbio africano: ‘Quien educa una mujer educa una nación’.

Tuve la oportunidad de trabajar con las jóvenes en la escuela y en el internado de la misma escuela femenina y me di cuenta de la riqueza que ellas tienen para dar; la alegría de vivir, la generosidad al compartir, la solidaridad, su capacidad de acogida, el respeto, la apertura….Ellas confían en nosotras, saben realmente que estamos allí para caminar juntas, que buscamos para ellas lo mejor, para que tenga un futuro diferente como mujeres libres, conscientes, autónomas; por medio de una formación integral. Esto nos compromete a ir al encuentro de esta realidad y dar lo mejor de nosotras mismas como mujeres consagradas a esta misión. Con ellas aprendí muchas cosas, la experiencia de vida de cada una reforzó mi fe y mi convicción de ser consagrada para la misión.

Agradezco al Dios de la vida por el don de la vocación misionera que nos abrió las puertas para este trabajo, y pido al Señor por intercesión de Comboni y de nuestra Madre María que nos ayude a ser fieles, perseverantes y a donarnos con alegría al servicio de las personas que encontramos. Agradezco al pueblo mozambiqueño que, me acogió y al mismo tiempo me desafía a vivir con alegría, dedicación y entrega.

Agradezco a todas las personas generosas que nos ayudan para que estas jóvenes tengan un futuro diferente y prometedor, y confío en que muchas personas de buena voluntad puedan continuar ayudándonos para que este proyecto de formación y promoción de la mujer sea cada día un pilar fundamental en la sociedad mozambiqueña”.