Todas las vocaciones son vocaciones nativas: todas surgen en un ambiente y en una cultura concretos. Pero las que solemos llamar “nativas”, las de los territorios de misión, son especiales. Ayudarlas supone captar la trascendencia de las vocaciones de especial consagración, estén “aquí” o “allí”, y sentir con las Iglesias que, entre mil dificultades, van formándose en otros continentes.

San Juan Pablo II, que sabía bien cuánto significan para la misión estas Iglesias jóvenes, hablaba así a sus bautizados: “Hoy sois vosotros la esperanza de nuestra Iglesia, que tiene dos mil años: siendo jóvenes en la fe, debéis ser como los primeros cristianos e irradiar entusiasmo y valentía, con generosa entrega a Dios y al prójimo; en una palabra, debéis tomar el camino de la santidad. Solo de esta manera podréis ser signos de Dios en el mundo y revivir en vuestros países la epopeya misionera de la Iglesia primitiva. Y seréis también fermento de espíritu misionero para las Iglesias más antiguas” (RM 91).

Todo lo que aporta la misión —juventud, entusiasmo, valentía, generosidad, entrega, santidad…— está pujando con fuerza allí, en esas comunidades. Y necesitamos una buena dosis de ello como “fermento de espíritu misionero” entre nosotros. Por eso, que esas Iglesias jóvenes puedan contar con vocaciones locales adecuadamente formadas es, en efecto, “la esperanza de nuestra Iglesia”. Esas vocaciones, que tantos obstáculos económicos y de otros tipos tienen que sortear, son “nuestras”, y como tales tenemos que cuidarlas.

Celebrar este 3 de mayo la Jornada de Vocaciones Nativas junto con la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones nos ayuda a situarnos mejor ante toda esta realidad. Es mucho lo que nos jugamos en que las vocaciones nativas puedan culminar su formación sin que las detenga la falta de medios. Ellas necesitan nuestro apoyo por el bien de sus Iglesias locales, casi tanto como nosotros necesitamos ponernos en su piel y ayudarlas con nuestra oración y ayuda material, por medio de la Obra de San Pedro Apóstol.