OMPRESS-R. D. del CONGO (14-07-20) Las Misioneras Combonianas comparten el testimonio de una de sus hermanas, Liée Ramadji Natingar, que trabaja en la zona de Kivu, en el Congo, una zona marcada por las consecuencias de la guerra, con refugiados y desplazados que huyen de violencias y traumas.

“Me llamo Liée Ramadji Natingar, soy de Chad y soy Misionera Comboniana. Actualmente trabajo en la República Democrática del Congo. Mi primera misión la realicé en África del Oeste, concretamente en Togo, en un pueblo situado al sur, Asrama. Era una comunidad que se acababa de abrir. Recuerdo mis primeros tiempos allí. Sentía mucha curiosidad por otra nueva cultura, por descubrir la realidad de aquella zona. Fue allí donde empecé a darme cuenta de la importancia de los valores culturales y cristianos de cada pueblo, y como cada pueblo manifiesta su experiencia de Dios de un modo diferente.

Desde el primer día que puse pie en aquel país me encontré bien a gusto, acogida por ese pueblo. Mis primeras impresiones siempre fueron positivas, pero sí recuerdo que yo sentía el miedo por no estar a la altura de la misión a la que había sido enviada. Me ayudaron mucho para aprender su lengua y me enseñaron un gran espíritu de hospitalidad y de solidaridad que hizo que me sintiera cómoda con ellos. Creo que el pueblo togolés es un pueblo muy religioso y eso fue para mí un gran ejemplo de cómo vivían su fe en Dios.

En Asrama daba cursos de religión en la escuela y además acompañaba grupos de niños de la infancia misionera, allí los llaman ‘coeurs vaillants’ y ‘âmes vaillantes’. También enseñaba a los alumnos a bordar y a hacer punto. Me desplazaba por los pueblos de la zona para la celebración de la Palabra de Dios y después iba a visitar a las familias. Fue ahí donde me di cuenta de que la mies es abundante pero los obreros para trabajar en ella son pocos.

Después de tres años dejé Asrama para estudiar filosofía y humanidades en la universidad D. Bosco en Lomé. Esto me abrió los ojos a otras realidades del mundo, me permitió conocer más a las personas y a mí misma. Y al finalizar mis estudios realicé mis votos perpetuos, es decir, mi compromiso total a Dios para la misión. Me enviaron a Italia en preparación para este momento tan importante. Aprendí el italiano y estuve en el norte de Italia haciendo Animación Misionera. En la parroquia hice una bonita experiencia con los jóvenes y sobre todo con los mayores a los que yo llevaba la comunión y la Palabra de Dios. Cuantas veces me he emocionado viendo el respeto y la acogida de estas personas cada vez que iba a sus casas.

Al finalizar este período volví a África del Oeste, pero esta vez a Benín. Allí trabajé como profesora en un centro educativo en Cotonou. ¡Cuánto he disfrutado con los niños que me fueron confiados! Después de unos años en Benín los superiores me destinaron a la República Democrática del Congo donde me encuentro actualmente. Ahora estoy en la zona de Kivu, en Butembo. Aquí soy la directora del centro escolar S. Daniel Comboni que ayuda a los chicos y chicas a recuperar los estudios que no pudieron realizar antes. Esta escuela la crearon las Misioneras Combonianas con la finalidad de ayudar a aquellos jóvenes que no habían podido terminar sus estudios de primaria o que simplemente no habían podido ir nunca a la escuela.

En este centro el 90% de los alumnos son jóvenes refugiados que vienen huyendo del interior de la provincia de Butembo. Huyen de la violencia de estos ambientes y en Butembo encuentran alguna familia de acogida donde trabajan en el servicio doméstico. Entre estos chicos y chicas hay muchos niños huérfanos y otros con trastornos psíquicos debidos a la guerra. El nuestro es realmente un trabajo delicado. Trabajamos con las familias de acogida, que son, en muchas ocasiones, parientes de los niños para poder ofrecer a los chicos y chicas un ambiente libre de violencia y poder acompañarlos en su proceso personal. Les hacemos entender que no hay niños brujos o malos. Los niños vienen de contextos violentos y su respuesta no es siempre la deseada. Por eso hay que trabajar para ofrecerles un espacio acogedor donde poder acompañarlos. En el Evangelio de s. Juan Jesús nos dice que “No hay mayor amor que el de dar la vida por sus amigos”… Eso es lo que intentamos vivir aquí acompañando a estos chicos y chicas.

Desde mi experiencia de vida me doy cuenta de que la comunidad es una de las riquezas mayores en la misión, es un don de Dios que Él nos hace y que nosotros aceptamos y amamos. La comunidad nos permite vivir el mismo carisma comboniano, es el lugar privilegiado de oración y de alabanza. Estoy convencida de que sin esos momentos intensos de oración en comunidad no podríamos llevar adelante nuestro servicio. Estoy muy contenta por el regalo de la fe que el Señor me ha hecho. Contenta por ser una mujer consagrada. Contenta por mi familia de origen y mi pueblo chadiano… El Señor es el artífice de la misión y ante Él no importa quienes somos ni lo que somos, no importa el color, la lengua, la distancia, el grado de conocimiento… Él quiere simplemente nuestra pequeña contribución para la misión. Le doy gracias con todo mi corazón por su amor y su misericordia hacia mi persona”.