OMPRESS-VIETNAM (9-12-20) Con más de quince mil miembros en las 17 diócesis de Vietnam, los Cursillos de Cristiandad siguen ayudando a cientos de personas a crecer en la fe y a volver a la práctica religiosa que abandonaron. El movimiento de Cursillos comenzó en Mallorca en los años cuarenta y llegó a Vietnam en 1967, de la mano del cardenal Francis Xavier Nguyen Van Thuan, arzobispo de Saigón. A la diócesis de Hue llegaron en 1972. Tres años después, en 1975, los comunistas impusieron su prohibición. No fue hasta 2016 cuando se reanudó en Hue con una treintena de laicos.

El pasado 28 de noviembre, informa UCANews, más de 80 miembros del movimiento de “Cursillo”, como dicen utilizando en vietnamita esta palabra española sin traducir, se reunieron en la Iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de Hue, evocando la memoria de los Mártires de Vietnam y compartiendo sus experiencias de fe. El padre Francis Xavier Ho Van Uyen, director espiritual de los Cursillos de Cristiandad en la archidiócesis de Hue, explica que los candidatos que deseen unirse al movimiento deben participar en una preparación de tres días, que consiste en un tiempo dedicado al aprendizaje, a servicios caritativos y a momentos de oración comunitaria. El padre Uyen explicaba que los diferentes grupos se reúnen cada mes en sus respectivas parroquias para planificar sus actividades, y que todos los miembros del movimiento se reúnen cada tres meses, a nivel de la diócesis.

Entre los testimonios de los miembros de los Cursillos en Hue, está el de Martha Bui Thi Gam, de 19 años, trabaja en un salón de belleza en Thakhek, en el vecino Laos. Se unió al movimiento de Hue en 2018. La dueña del salón, una budista vietnamita-laosiana, le impedía los domingos ir a la iglesia (ubicada a 60 km del salón) y que ella no estaba interesada en su fe. Martha, que tiene cinco hermanos, cada tres meses vuelve a Vietnam para visitar a su familia y tener la posibilidad de practicar su fe. En 2018, cuando la hija de la dueña se rompió el brazo, se ofreció voluntariamente para cuidarla en el hospital durante dos semanas y llevarla a la escuela, hasta que se curase. Debido a este gesto, cuenta Martha, “ella me manifestaba mucho respeto a mí y a mi fe”. Llevó después a la dueña del salón y a su hija a una iglesia en Thakhek y ofreció, según la tradición local, arroz, café, té y aceite a la parroquia. “Ahora me recuerda que vaya a la iglesia el domingo”, dice. Martha, que ha vuelto con su familia durante el confinamiento, tiene pensado volver a trabajar en Laos. “Las actividades del Cursillo me ayudan a fortalecer mi fe y me inspiran a dar testimonio de las Buena Nueva”.