OMPRESS-JAPÓN (11-10-18) El pasado junio la UNESCO inscribía como Patrimonio Mundial de la Humanidad doce lugares de Nagasaki, Japón, donde habitaron “cristianos ocultos”. Son lugares relacionados con la brutal persecución que vivió Japón durante la era Edo (1603-1867). La misma persecución que reflejó la película “Silencio” del director Martin Scorsese.

Para celebrar este acontecimiento, las Misiones Extranjeras de París (MEP) celebraron el pasado 5 de septiembre un acto, en el que tuvo lugar una Conferencia y se inauguró una exposición sobre los “cristianos ocultos” de Japón. Las Misiones Extranjeras de París enviaron numerosos sacerdotes enviaron a la misión en Japón, una vez que el país se abrió al mundo en la segunda mitad del siglo XIX.

De hecho uno de estos doce lugares es la Catedral de Oura, la primera iglesia reconstruida oficialmente en Nagasaki después de que se permitiera el culto cristiano en 1854. Fue en esta catedral donde tuvo lugar, el 17 de marzo de 1865, un importante acontecimiento. Es lo que se conoce como “el descubrimiento de los cristianos ocultos”, el encuentro de estos cristianos con el padre Bernard Petitjean, misionero de la MEP, tras 250 años de persecución.

Además de la Catedral de Oura, también se cuentan entre estos 12 lugares el castillo de Hara y diez aldeas en la parte noroeste de la isla de Kyushu. Estos lugares recuerdan aquel período de prohibición de la fe cristiana y la revitalización de las comunidades cristianas posterior. Son testimonio de una tradición cultural de los cristianos, que transmitieron su fe cristiana en secreto, del siglo XVII al XIX.

Los católicos japoneses entonces no tenían otra forma de mantener su fe que esconderse. Y a menudo emigraban desde el interior de Japón a las islas más remotas, como Kyushu. A lo largo de los años, todas las comunidades cristianas ocultas desaparecieron de Japón, excepto las de la región de Nagasaki. Allí, los fieles cultivaron prácticas religiosas específicas, bajo el disfraz de veneración de lugares sagrados. Mantenían la fe que les habían transmitido los misioneros desde la llegada desde San Francisco Javier a Japón en 1549.

 

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