OMPRESS-MOZAMBIQUE (3-11-20) En la provincia de Cabo Delgado, en el norte de Mozambique, son miles los que huyen de la violencia de los grupos extremistas islámicos que han asesinado ya a casi dos mil personas, incendiando pueblos y zonas rurales. No ha dejado de denunciarlo el obispo de Pemba, el misionero Luiz Fernando Lisboa, en un mundo aturdido por la pandemia del coronavirus. También lo ha hecho la Iglesia de Mozambique y muchos misioneros que están viviendo la tragedia junto a los inocentes que están huyendo. El padre Silvano Daldosso, sacerdote diocesano Fidei Donum de la diócesis italiana de Verona, lleva 13 años en la misión de Cavà-Memba, en una zona fronteriza con la provincia de Cabo Delgado. En una entrevista con la agencia SIR, de la Conferencia Episcopal Italiana, el misionero explica que allí se acoge y se ayuda a miles de personas desplazadas que huyen de los ataques de los grupos yihadistas que, en tres años, además de asesinar han provocado el éxodo de 300.000 personas

Se trata de grupos yihadistas, probablemente vinculados al ISIS, que recientemente secuestraron a dos monjas que luego liberaron, y que conquistaron la ciudad portuaria de Mocimboa da Praia, un lugar estratégico para el transporte de las riquezas naturales de los grandes yacimientos de gas de la zona, sobre las que ya han puesto sus manos multinacionales extranjeras.

La mayor parte de los refugiados se amontonan en los alrededores de la ciudad de Pemba, en la que resiste su obispo, el misionero brasileño Luis Fernando Lisboa, que ha sufrido graves amenazas por su denuncia de la situación a nivel internacional. En uno de los últimos vídeos, el obispo, en una playa, hablaba de hasta 170 barcas que llegan repletas de personas que huyen. “Es una situación muy difícil. Cientos de personas duermen en la playa, muchas mueren durante el camino. Otras pasan tres o cuatro días en el mar y llegan deshidratadas y hambrientas. Es una crisis humanitaria muy grave. Tenemos necesidad de ayuda y de la solidaridad de la comunidad mozambiqueña e internacional”.

El mismo Papa Francisco lo llamó personalmente el 21 de agosto para expresarle su cercanía y apoyo y animarlo a continuar en su trabajo junto a los refugiados. Ahora mismo, sólo en la provincia cercana de Nampula ya hay 28.700 que, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, se convertirán en 40.000 en diciembre. Viven en chozas viejas con otras familias numerosas, sin agua ni saneamientos. Hasta 25 personas amontonadas bajo un mismo techo. Todo esto en un año de gran hambre y carestía, con la amenaza del covid-19, que afortunadamente ha afectado poco a Mozambique, y en breve comenzará la temporada de lluvias.

Esta es la situación a la que se enfrenta la misión de Silvano Daldosso, que lleva 13 años al frente de 47 pequeñas comunidades repartidas por una zona rural de 100 km cuadrados en la diócesis de Nacala. Le ayudan dos misioneros laicos de su diócesis de origen, y una multitud de laicos y catequistas de Nacala. La Caritas diocesana intenta ayudar todos los días a los cientos de desplazados de Cabo Delgado. Cada mes reparten 600 kits de alimentos para alimentar a toda una familia durante 30 días. También ayuda el World Food Programme, el programa mundial de alimentos de las Naciones Unidas, que también distribuye alimentos en varios distritos de la provincia. “Es una pequeña gota en el mar, frente a los 28.700 refugiados en toda la provincia”, explica el padre Daldosso a Sir, “La situación está fuera de control desde principios de octubre, y cada vez vienen más. El verdadero gran problema para nosotros no es el covid sino el cercano conflicto cercano”. La vida en la misión Cavà-Memba continúa en medio de las dificultades provocadas por la pandemia y la gran afluencia de personas desesperadas que llegan desde Cabo Delgado.

Los medios nacionales, los de Mozambique, no hablan del conflicto en Cabo Delgado, no hay noticias seguras. Los periodistas que intentan investigar desaparecen o son asesinados. Las pocas fuentes son las historias de los refugiados y algunos medios independientes. El misionero quiere dejar claro, que la suya es una interpretación personal de los hechos, en un intento de reconstruir un escenario muy complejo, con enormes intereses en juego, especialmente económicos y geoestratégicos.

El conflicto comenzó a principios de 2017 con algunos ataques, pero sin víctimas. “Se consideró que eran grupos subversivos que expresaban de esta forma su descontento con el gobierno”, explica el padre Daldosso. “Es una de las zonas más pobres y abandonadas de Mozambique, sin servicios sociales y de salud, con una altísima tasa de analfabetismo. Desde entonces, los ataques se han vuelto más frecuentes, con muertos y heridos. El gobierno los definió como terroristas islámicos y tras un período de negaciones y silencios envió mercenarios rusos y sudafricanos”. Pero la situación empeoró. También porque los grupos extremistas, bien organizados y con medios y armas muy sofisticados, han atraído el malestar de los jóvenes mozambiqueños para alistarlos y crear una red de informantes en las aldeas, a cambio de dinero.

El meollo del asunto, explica el misionero, como ocurre en muchas zonas pobres del mundo, son los ricos depósitos de gas natural, entre los más grandes del sur de África. Inmediatamente llegaron empresas estadounidenses y francesas para explotarlos. Incluso una conocida multinacional italiana. A todo esto se sumó una creciente radicalización del Islam, con grandes sumas de dinero para financiar escuelas coránicas e imponer la sharia en el territorio de Cabo Delgado y otras provincias. “Quizás el Estado Islámico quería que se convirtiera en una de sus provincias, apoderándose de la riqueza de estas áreas. Pero los intereses en juego son muchos y diversos”, señala. Lo que los frustra es “ver lo que está pasando con la total ausencia de información y el desinterés del mundo”.