En Navidad los misioneros preparan el nacimiento del Hijo de Dios haciendo de Camerún, Cuba o Ecuador un nuevo Belén de Judá. Lejos de ser una celebración en soledad por la lejanía de su lugar de origen, el calor de la comunidad hace olvidar la distancia y la intensa vivencia de la fe en las Iglesias jóvenes sustituye con creces la carencia de bienes materiales y de adornos que inundan estas fiestas.

 

Jesús nace en la misión

“Para encontrarlo hay que ir allí, donde Él está: es necesario reclinarse, abajarse, hacerse pequeño”. Es la pista que ofrecía en la pasada Nochebuena el papa Francisco a cuantos participaban en la Misa del Gallo en la Basílica de San Pedro. No hay más hoja de ruta que esa para dar sentido a la Navidad. Una invitación nada retórica la del Santo Padre, pues, a renglón seguido, la aterrizaba en la realidad doliente de hoy: “Dejémonos interpelar por el Niño en el pesebre, pero dejémonos interpelar también por los niños que, hoy, no están recostados en una cuna ni acariciados por el afecto de una madre ni de un padre, sino que yacen en los escuálidos ‘pesebres donde se devora su dignidad’: en el refugio subterráneo para escapar de los bombardeos, sobre las aceras de una gran ciudad, en el fondo de una barcaza repleta de emigrantes”.

Ese “allí” donde se recuesta el Hijo de Dios tampoco es un lugar indeterminado ni literario para los misioneros y misioneras. Son ellos quienes conocen bien los pesebres en los que se acunará a Jesús en la noche del 24 de diciembre de 2017. Son ellos quienes han descubierto que los adornos navideños, lejos de acompañar, pueden llegar a nublar la vista en el camino a ese establo de Belén, que no necesariamente se ubica en Judá.

 

Navidad en Camerún: Dios con nosotros

Alejandra González

 

La brújula de Alejandra González, sitúa a Jesús algo más al sur. En la periferia de Duala, la urbe más poblada de Camerún, a orillas del golfo de Guinea. Durante ocho años ha pasado la Navidad en los suburbios de esta ciudad, como directora de las escuelas maternal y de primaria de las Misioneras Cruzadas de la Iglesia, y vivía en la casa hogar para niñas en riesgo de exclusión.

“Mi primera Navidad en Duala fue muy sencilla, muy, muy sencilla”, remarca esta misionera que se estrenaba entonces en una celebración “sin luces ni parafernalia” en la que “todo invitaba a poner la mirada en lo verdaderamente importante: el nacimiento de Jesús”. “Los cantos del pueblo africano te impregnan de la alegría de la encarnación, y la disposición de la gente te lleva a compartir la vida como un don, olvidando precisamente los presentes que estas fiestas nos regalamos. Implica pasar de la fiesta exterior a la celebración interior”, reflexiona, a la vez que trae al presente cómo los únicos aderezos en la parroquia eran los dibujos de los niños y la humildad de los belenes que se exponían en los templos.

“En Camerún sentí que Dios me había preparado toda mi vida para ser feliz en ese lugar. Es cierto que hasta entonces había tenido una experiencia de un Dios cercano a la realidad y a las personas, pero en África he visto al Dios que da fuerzas y acompaña en las situaciones más adversas”, explica Alejandra, quien relata cómo dio el salto a la vida consagrada al concluir sus estudios universitarios en Pedagogía y al comenzar como profesora en un instituto. “Vi cómo trabajaban en barrios periféricos de Ciudad de México en los que no se me hubiese ocurrido pisar nunca y sentí que Dios me llamaba a darme como ellas”, expresa sobre aquellas religiosas que irradiaban el carisma de madre Nazaria, la española a punto de subir a los altares que tanto luchó por devolver la dignidad a la mujer boliviana.

“Estaba convencida de que yo no cumplía el perfil. Pero tenía la inquietud, y decidí probar, convencida de que en un año recuperaría de nuevo mi vida anterior. Sabía que no podía dejar la oportunidad porque me habría estado preguntando qué habría sido de mí”. Han pasado 23 años desde aquel curso de prueba y, a la vista está, aquello era algo más que un simple runrún interior.

“En la misión he aprendido a desnudar la Navidad de ropajes para sentir la Navidad en su esencia, simplemente en un pesebre”, apunta. De hecho, para esta misionera cruzada de la Iglesia, “Navidad es, desde entonces, más que un tiempo litúrgico, un modo de vida, siento de verdad la expresión ‘Dios-con-nosotros’, ese abajamiento que le lleva a compartir nuestra vida humana”.

De sus navidades camerunesas, también ha descubierto que “el sentimiento de la utopía de la familia universal que soñamos como Iglesia puede ser una realidad que he materializado en la convivencia con mis hermanas camerunesas”. Esta experiencia comunitaria también la ha percibido entre sus vecinos: “Camerún me ha enseñado que es posible creer en un ‘nosotros construimos’ frente a la suma de las individualidades”.

Hoy, para Alejandra, la Navidad es algo más que una fecha en el calendario: una actitud permanente de acogida al que viene: “Puedo decir que he llegado a vivir el nacimiento de Jesús en pleno mes de septiembre, cuando llegó a nosotras Melisa, una niña abandonada, y no contábamos con medio alguno para acogerla de inmediato. Sin embargo, fue una familia con diez hijos la que dio un paso al frente”. Como es de suponer, poco tenían que ofrecerle en una casa de madera, con una cocina, una salita y un único dormitorio. “Sin embargo, me impactó que respondieran afirmativamente desde su situación”. De hecho, esta misionera cruzada de la Iglesia tiene grabadas las palabras de la madre de acogida: “Sé que tenemos poco, pero ese poco se multiplica cuando se da”. Es ahí donde Alejandra vivió ese nacer de Jesús en lo más humilde, entre aquellas gentes de Belén de Judá que recibieron al Mesías con lo poco o mucho que podían ofrecerle, darle su calor, como el que recibió Melisa. “¡Qué profesión de fe que se hizo acción, que se tradujo en solidaridad!”, elogia hoy.

 

Navidad de vuelta a casa desde Ecuador

Antonio García y Ana Dolores Cruz

 

Este compartir desde la sencillez lo llevan grabado a fuego Antonio García y Ana Dolores Cruz, un matrimonio de Jaén que han retomado su compromiso misionero en Ecuador, después de seis años en España. De la mano de OCSHA-Cristianos con el Sur, han regresado al país de origen de sus tres hijos –Carla, Paco y Moisés– y a punto están de disfrutar de la que será su décima Navidad en tierras ecuatorianas.

“Lo rezamos mucho, lo hablamos, hemos tenido retiros como familia para repensar nuestra vuelta. Con nuestros miedos y limitaciones, lo importante es abrirse al Señor. Es verdad que no tenemos seguridades de los religiosos y sacerdotes, pero nunca nos ha faltado qué comer”, muestran esperanzados Antonio y Ana.

“No sabemos si la disfrutaremos de la misma manera que la primera, pero te aseguro que la viviremos con igual intensidad”, mantiene Ana, quien trae al presente aquella Nochebuena cuando desembarcaron en Azuay, región perteneciente a la diócesis ecuatoriana de Cuenca. “Acababa de llegar la luz eléctrica al pueblo gracias a un proyecto de Manos Unidas. Solo por eso ya fue una auténtica fiesta para todos, aunque no tuviéramos más adornos. Esta situación de sencillez hace que te centres en lo importante: celebrar la fe y el encuentro”, detalla.

A ninguno de los dos les supuso un gran cambio celebrar la llegada de Jesús en un entorno humilde, en tanto que su trabajo previo en la pastoral en Jaén se centraba en los inmigrantes, las personas con discapacidad, en riesgo de exclusión social… “La misión fue un paso natural de nuestro crecimiento, del compromiso con nuestra gente, con nuestra parroquia y con nuestro barrio”, recuerdan. Lo que sí les cambió de forma significativa fue la adopción de sus tres hijos: “Nos acercó todavía más a la realidad, porque nuestros vecinos comenzaron a compartir de verdad inquietudes y preocupaciones comunes, nos insertamos en la comunidad”.

Después de unos años en Cuenca, hicieron las maletas para marcharse a Portoviejo, donde se encargaron de la animación pastoral de varias parroquias, apoyo a mujeres, la acogida de inmigrantes venezolanos, coordinar talleres de promoción, dar clases en el seminario diocesano… “Ahora estamos en la ciudad costera de Manta, también en Portoviejo. Estamos aterrizando todavía, haciendo un diagnóstico de la zona para ver cómo podemos iniciar nuevos procesos”, explica Ana. Eso sí, saben que en la diócesis de Portoviejo cuentan con un aliciente especial, la Navidad de los misioneros: “La Nochebuena la pasamos con nuestra parroquia, pero el día 25 nos juntamos para comer todos los misioneros españoles, y llevamos cada uno algo típico de nuestra tierra: Galicia, País Vasco, Andalucía…”.

“Aunque en todo el país se celebra el nacimiento de Cristo de una manera similar, siempre encuentras algunas singularidades. En ambos sitios es habitual hacer las novenas del Niño Jesús, además de aprovechar la misa del gallo para celebrar algunos bautizos”, destacan estos laicos, que están viviendo este tiempo de desembarco en Manta como su particular adviento: “Estamos preparando el terreno, en tiempo de escucha a la gente… No queremos imponer nuestras ideas ni nuestra mentalidad, sabemos que tenemos que esperar a que las cosas nazcan a su tiempo”.

 

Navidad en Camboya: Una Iglesia abierta

Kike Figaredo

 

Monseñor Kike Figaredo también sabe lo que es esperar a la epifanía en medio de una aparente oscuridad. Por eso vive como un auténtico regalo cada vez que uno de “sus” chavales mutilados por las minas antipersona en Camboya logra ponerse de pie con las nuevas prótesis que le han proporcionado. O cada vez que consiguen que un joven sin recursos pueda continuar sus estudios. O el día en que recatan a una adolescente de las mafias de la trata. “Navidad para mí significa que Dios se hace hombre, que Dios se hace Niño y necesita de toda nuestra ternura y cariño”, expresa el prefecto apostólico en Battambang, quien también celebra en torno a un pesebre desnudo la Buena Noticia de la encarnación.

“La Navidad es un momento en el que nuestra Iglesia se abre a todo el mundo, es el día en el que nos invaden todos nuestros vecinos, sean cristianos o no, incluidos los monjes budistas. Nuestras celebraciones se hacen en los jardines, y allí representamos la Natividad y organizamos un festival”, cuenta el misionero jesuita que se muestra orgulloso de cómo toda la comunidad se vuelca para “representar el nacimiento de Jesús, como si hubiera tenido lugar en Camboya, con la indumentaria y las costumbres propias de aquí; asumimos la cultura, lo que hace que lo acojan como si fuera propio. Resulta muy fácil de asimilar, de entender qué es Belén y acoger por los camboyanos, en tanto que el relato del Evangelio habla de una comunidad rural, de pastores, de gente sencilla y humilde, algo con lo que se identifican plenamente”.

Con este empeño es con el que han logrado que la Navidad se convierta en una celebración, no solo inculturada, sino vivida con pasión: “Imagínate, en la ciudad de Battambang, donde normalmente llegamos a tener 300 personas, podemos contabilizar hasta 3.000. La alegría que nos desborda nos permite compartir al Señor con todos los que están a nuestro alrededor”.

Por eso, Kike Figaredo no tiene ninguna duda al desmentir que la Navidad de un misionero sea una Navidad en soledad: “Todo lo contrario, se vive en plural, con una intensidad compartida que no te da tiempo a sentir añoranza. Además, siempre que llegan estas fechas, si coincide que viajo a España antes, me traigo un poco de turrón o alguien me lo hace llegar, por lo que tengo presente mis raíces”.

En Nochebuena no hay cena como tal, pero él sí se sienta a la mesa con los suyos el día de Navidad. “Es la jornada en la que damos todo el protagonismo a nuestros chavales. La comida es el tiempo de celebrar la fiesta en casa y entregamos los regalos de Navidad, que, como todo el mundo se podrá imaginar, son pequeños detalles o algo que puedan necesitar y que esperamos para entregárselo ese día”. Eso sí, Figaredo echa de menos el día de Reyes, por el significado familiar que tiene en España.

 

Navidad en Cubra: Lágrimas ante el pesebre

María del Carmen Vazquez

 

La misionera María del Carmen Vázquez cuenta su experiencia a su llegada a Cuba “En mi primera Navidad allí, lloré mucho. Impacta ver cómo se va a celebrar el nacimiento de Jesús y todo sigue igual, como si nada. La gente iba a trabajar, los niños acudían con normalidad a la escuela… Ni un solo signo externo. Tampoco podíamos visibilizarlo de puertas para afuera”, rememora sobre su aterrizaje misionero en la isla.

Como bien es sabido, el régimen cubano impide que la Iglesia desempeñe cualquier labor que vaya más allá de la pastoral. Ni escuelas ni hospitales ni centros de promoción social. “Llegamos tres misioneras y nos distribuimos por parroquias. Yo comencé a trabajar con los salesianos en Santiago de Cuba”, relata María del Carmen. Con este mismo entusiasmo, rememora aquella noche del 24 de diciembre “en la que no teníamos nada que llevarnos a la boca, tan solo un huevo frito. ¡Y sin pan para mojar! Pero no me sentí que me faltara algo. Todo lo contrario, fui feliz acercándome a cómo fue esa primera Navidad pobre y sencilla, la de Jesús”.

Pero en medio de la dificultad, un destello: “Decidimos dar un paso adelante, pusimos el nacimiento en la parroquia y empezamos a cantar villancicos. La gente comenzó a llamar a nuestra puerta interesados por lo que hacíamos”. Así, esta misionera del Instituto Catequista Dolores Sopeña se reencontró con la esencia de la Nochebuena.

“Nos faltaba lo material, pero no lo espiritual ni una vida comunitaria que se palpaba en nuestra casa, con los demás religiosos, los sacerdotes y el obispo”, recuerda frente a sus anteriores destinos en Ecuador y Colombia. Sin embargo, es Santiago de Cuba el lugar que le ha robado el corazón. “Desde que entré en el instituto, siempre quise ir a la misión, pero con el tiempo ya había descartado esa posibilidad y, cuando cumplí 33 años, llegó el envío. Francamente, me sorprendió”, detalla esta consagrada.

Esta misionera señala como punto de inflexión en su estancia en Cuba el viaje de san Juan Pablo II en 1998. “El salto que supuso aquella visita hizo que nos hiciéramos presentes en 21 barrios de la ciudad, desarrollando catequesis para jóvenes y adultos, preparación para sacramentos, llegando a bautizar a personas con 80 años…”.

También la Navidad se vio contagiada por esta apertura: “Aquel año, organizamos un belén viviente y paseamos por las calles del barrio, felicitando a unos y a otros, cantando y dando caramelos”. A pesar de las dificultades que esto generó, siguieron adelante. “Fue impactante ver cómo los más viejos del lugar estaban impresionados a nuestro paso y decían: ‘Igual que antes, si mi madre y mi abuela lo vieran…’”. Además, exportaron una tradición típicamente mexicana: las posadas, que consiste en ir casa por casa recordando aquel periplo de la Sagrada Familia buscando un alojamiento sin éxito.

Todo esto hizo que, de vuelta a España, hace seis años, viviera como “un shock” la llegada del 24 de diciembre: “De nuevo aparecieron las lágrimas, pero con un sentido muy distinto al de aquella primera vez en Santiago. Todo cristiano tendría que pasar por la experiencia de vivir una Navidad misionera, con los sencillos. En mi caso, Cuba se ha convertido en un brasero en el que aparentemente no pasa nada, pero, cuando rascas un poco, sale a la superficie la fe, un calor de verdad que se expande”.

 

José Beltrán

Revista Misioneros Tercer Milenio, diciembre 2017

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